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Zodiac o la obsesión por conocer la verdad |
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Escrito por Javier Melero
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martes, 12 de junio de 2007 |
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“¿Qué puedo saber?” Immanuel Kant
La verdad es una constante en el cine de David Fincher. Brad Pitt en Seven tuvo que enfrentarse a ella y a sus pecados capitales. Michael Douglas en The Game no pudo aguantar una situación irreal e inexistente hasta el punto de intentar quitarse la vida. Su última película, Zodiac, es un muestrario de las relaciones que tienen diferentes personas con la verdad y más concretamente con su búsqueda.
Fincher vuelve a recurrir a la temática siempre atrayente de los asesinos en serie. En este caso es Zodiac, nombre que proviene de un acertijo a los que el psicópata es aficionado, el que servirá como pretexto al director para torturar a sus personajes. Tras las primeras muertes Robert Downey Jr. y Jake Gyllenhall (periodistas) y Mark Ruffalo y Anthony Edwards (policías) comienzan a investigar el caso, pero pronto su interés se acabará convirtiendo en una obsesión. Con un ritmo pausado y sereno, Fincher logra sumir a los personajes en un ambiente opresivo, angustioso e incierto. Cuanto más se enfangan en la investigación mayor es su deseo por alcanzar la verdad, hasta el punto de arriesgar la vida para lograrlo. La escena en la que Gyllenhall, en el papel de un Fausto moderno, no puede evitar meterse en la boca del lobo pese al pánico que siente se encuentra entre lo mejor de la filmografía del director y seguramente también sea uno de los mejores momentos de lo que va de año. En la claustrofóbica secuencia Fincher hace gala de un pulso y un control de la puesta en escena que le confirma en plena madurez creativa, evitando recursos manidos y controlando el in crescendo que culmina con el paroxismo final de Gyllenhall.
En su persecución tras la verdad los personajes irán moviéndose en terrenos cada vez más inseguros e inciertos. Estos se ahogarán en la acumulación de pistas falsas, acertijos, sospechosos y crímenes inexistentes que desfigurarán una realidad cada vez más esquiva, huidiza, que tan pronto parece mostrarse como desaparecer entre las manos de los protagonistas, que no solo no pueden conocer sino que tampoco pueden comunicar, ni demostrar, lo que les deja sumidos en un aislamiento absoluto, hasta el extremo de tratar de romperlo en un grito de desesperación (“Tiene que ser verdad” exclama desesperado Gyllenhall en un momento de la cinta).
Ante esta situación responderán los protagonistas de muy distintas formas. Desde la valentía temeraria que acaba en la destrucción de la vida familiar, la cobardía del que no se atreve a encarar la realidad y termina autodestruyéndose y compadeciéndose de sí mismo y los que simplemente se rinden y abandonan para llevar una vida aséptica sin la incomodidad de la duda o la incertidumbre de la mentira. Los que persisten en su búsqueda acaban descubriendo con el paso de los años que pelean por algo que ya no interesa a nadie: la verdad. Sin embargo todos chocarán finalmente con un muro intraspasable, un cerco silencioso que quedará herméticamente cerrado con una muerte que imposibilitará el conocer la verdad. Fincher convertirá un posible punto débil de la historia (el hecho de que se trate de un caso no resuelto) en algo positivo, al hacer inalcanzable la resolución del misterio. El director parece negar a sus personajes, y a nosotros, la capacidad de conocer la verdad, de llevar una vida solidamente basada en ella y nos condena a caminar entre la mentira y la incertidumbre. La película se cierra con la pregunta clave: “Si tuvieras que puntuar del 0 al 10 lo seguro que estás, ¿qué nota le pondrías?”. Puntúese cada uno como quiera, pero creo que Fincher no nos daría el aprobado.
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