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Nikita Mikhalkov rompe 10 años de silencio cinematográfico con una adaptación libre y desmejorada del clásico de Sindey Lumet "12 hombres sin piedad". Pese a las buenas intenciones la cinta, se acaba diluyendo, quedándose a medio camino entre la radiografía social y el thriller.
"12" retoma la idea del miembro de un jurado que en solitario tiene que enfrentarse al resto de sus componentes para defender la inocencia de un acusado que parece, a todas luces, culpable. Sin embargo, el director ruso aprovecha la ocasión para hablarnos del conflicto de Chechenia, lo que va en claro detrimento de la película.
Lumet consiguió un asfixiante relato en el que el disidente lograba convencer al jurado mediante el desmontaje minucioso de las supuestas pruebas de la acusación. En "12", los motivos que hacen cambiar la opinión de los protagonistas varían desde el reconocimiento de los propios prejuicios al miedo personal y, eventualmente, al descubrimiento de hechos que exculpan al supuesto criminal. Esta diversidad de razones desorienta respecto a las intenciones de la película y al comportamiento de los personajes, pues tan pronto valoran las pruebas presentes como las olvidan sepultándolas bajo toneladas de miedo y prejuicios.
Las historias secundarias ajenas a la deliberación del jurado, incluida la del propio acusado (un joven checheno que supuestamente ha matado a su padre adoptivo ruso), restan intensidad al que es el único punto de interés real de la historia y contribuyen a la desorientación del espectador. Éste no sabe si seguir las pistas judiciales –pues puede que un prejuicio las invalide repentinamente-, prestar atención a la psicología de unos personajes que parece cambiar aleatoriamente, o al subyacente conflicto chechenio, del que tampoco se dice gran cosa, aparte de que bastantes rusos les tiene tiña.
Para reincidir en el tópico de que la gente ni es tan buena ni tan mala, Mikhalkov da un giro final de guión, tan improbable como innecesario. Así se termina por desubicar a aquellos que hubieran logrado encontrar coherencia a todo este batiburrillo sociológico-político-histórico-policiaco.
Puede que le juegue una mala pasada la inevitable comparación con la obra de Lumet, todo un clásico del cine. Pero es que éste logró una película netamente superior, mucho mejor enfocada, analizando la psicología del grupo y la presión que éste puede ejercer. Todo mediante un thriller único, cuyo escenario se reducía a una simple habitación. Por el contrario, el director ruso naufraga en un mar de ideas, intenciones y alusiones que acaba desembocando en muy poco. Pese a todo, espero que no tarde otra década en entregarnos nuevo material. Siempre hay ganas de ver lo próximo del director de “Ojos Negros”.
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