| Escrito por Javier Melero de la Fuente,
on 19-11-2007 11:39
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Publicado el : , cine |
Puede que sea cosa de la edad, o que su amargo concepto de la vida se haya apoderado finalmente de él, o incluso que realmente ande planeando un asesinato, pero parece claro que algo inquieta a la angulosa cabecita esquizofrénica del genio de Manhattan.
En su última entrega, El sueño de Casandra, recupera los mismos temas que exploró en Match Point (la culpabilidad, el perdón, el crimen) y, lo que es más significativo, el mismo tono a la hora de abordarlos. Parece evidente la consolidación de una nueva etapa en su cine, que si bien no hace desaparecer sus comedias sí les hace compartir protagonismo con dramas formalmente en las antípodas de éstas.
No es que Woody Allen no nos haya hablado antes sobre personajes mezquinos, adultos con comportamientos infantiles y la imposibilidad de huir de los remordimientos, pero lo ha hecho desde la parodia, la exageración y la caricatura, es decir, desde la comedia. En Match Point y en El sueño de Casandra, utiliza el drama. El disparate deja paso a la amargura. La delirante conversación entre Allen y Scarlet Johansson en Scoop mientras el director se dirige al lago tiene su reflejo siniestro en la escena del barco, clímax de El sueño de Casandra. En Melinda y Melinda tampoco pudo resistirse a darnos la versión pesimista de la historia. Las incursiones anteriores del neoyorquino en el terreno, como Delitos y Faltas, siempre había dejado lugar para el chiste, la ironía y el absurdo que llevaba a la carcajada. Ahora la ironía produce en el espectador una mueca amarga, el esbozo de una sonrisa retorcida ante el descubrimiento de una verdad dolorosa y que en ningún momento tiene el efecto catártico al que nos tenía acostumbrados su cine.
Los cuadros costumbristas de histriónicos burgueses neoyorquinos ceden su paso a sórdidas familias inglesas de clase media-baja con ínfulas de media-alta. El problema no es ya la inmadurez sentimental y el snobismo, sino la inmadurez personal y su refugio en el alcoholismo.
El resultado, El sueño de Casandra, ha sido vapuleado por la crítica. Le achacan falta de genialidad, de magia y de brillantez, pero lo que hacen es confundir la ausencia de diálogos eléctricos y deslumbrantes con la falta de calidad. Los personajes, dibujados anteriormente a gran velocidad mediante gags y frases hilarantes son retratados de modo totalmente distinto. Su caracterización es más lenta y pesada, acorde con el tono y ambiente que pretende transmitir. Si el cine de Woody Allen estallaba antes como fuegos artificiales ahora avanza como una apisonadora.
La cinta mantiene un nivel alto a lo largo de casi todo el metraje. Sólo destaca negativamente algún movimiento de cámara innecesario y artificial que queda compensado con otro absolutamente genial en la escena del crimen. Cierto es que no alcanza las cuotas de maestría de sus mejores comedias, ni su fluidez y dominio formal, pero esto no le impide alcanzar niveles más que aceptables.
Woody Allen es un director clásico, que avanza a buen nivel y se mueve en territorios desconocidos. Allen es un gigante que está volviendo a aprender a andar y El sueño de Casandra se merece, al menos, el visionado.
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