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El jinete hacia el ocaso
Mucho se ha hablado de "Gran Torino" como el testamento de Clint Eastwood como actor y como director. Un Eastwood interpretándose a sí mismo, el tipo duro de gatillo fácil, lengua rápida y acero en el revólver y los nudillos. El brutal héroe -romántico a su manera- que al final siempre conseguía imponer el bien, su voluntad o su fuerza. Pero en "Gran Torino" no hay vaquero, no hay héroe, simplemente porque no puede haberlo.
El mundo de "Gran Torino" no es el mundo de Eastwood. Ni siquiera los malos respetan los códigos de una sociedad en la que nada es como "debería", en la que Eastwood es ya un extraño. La nostalgia por épocas pasadas le lleva a revisitar temas recurrentes de la cinematografía americana. La amistad, forjada en hierro y a martillazos, nacida no desde la plácida identidad de las personas y la zalamería de la palabra sino –como ocurría en la sublime "Million Dollar Baby"- desde el conflicto y la desconfianza inicial de los que en teoría son diferentes pero que se descubren cercanos por su forma de ser, de actuar, de esa obviedad, tan aparentemente básica como reveladora a la postre, que son los hechos. La familia, la raza, la edad… supuestos rasgos de identidad, son categorías vacías incapaces de unir a las personas. Solo en el encuentro genuino y auténtico de dos personalidades puede surgir esa amistad de la que el cine de Clint Eastwood ha sido el mejor exponente en los últimos años.
Los tiempos han cambiado, y los caballos se han transformado en coches. Ambos han simbolizado creencias tan arraigadas en el pueblo –y cine- americano como la libertad, el individualismo y el hombre-hecho-a-sí-mismo, y al final son cedidos en herencia a ese alguien cuya amistad le ha hecho merecedor de un regalo que cabría decir alberga la personalidad y valores del donante. La chica, cuya conquista requiere un acto de valentía y madurez por parte del personaje, acaba quedándose invariablemente con el "buen chico". Idealismos de un pasado que Eastwood, impotente, ve desvanecerse ante sus ojos.
Aún en "Sin Perdón", ejemplo clásico de los western modernos autoconscientes de la agonía del género, de lo caduco de sus formas más tradicionales, el héroe, por mucho pasado oscuro, remordimientos, odio y sufrimiento que albergase aún podía cruzar por última vez las puertas del infierno y volver victorioso. Ya no. El héroe se ha transformado en mártir, ya no es posible el triunfo ante el mal, tan solo el sacrificio en nombre del bien.
Malos tiempos para la épica.
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