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La grandeza del director manchego se desinfla
Almodóvar, el provocador, el alborotador, el rey del histrionismo, la reina de la movida (Alaska era la drag queen), el de "las pelis de putas, yonkis y maricas", cada día quiere serlo menos. No es que se haya pasado a las temáticas de guante blanco -ahí están "Hable con ella" o "La mala educación"- sino que ha trasladado el exaltado drama y la pasión indomable de sus personajes del exterior exhibicionista a su recatado interior.
Ahora, la procesión -haciendo gala del interés que Almodóvar siempre ha manifestado hacia el folclore religioso- va por dentro. Tanto, que se ha pasado.
Si "Volver" era un ejemplo de la pulcritud, limpieza y templanza que Almodóvar venía incorporando a su cine en detrimento del alocado y desmesurado ímpetu vitalista -rayano en lo esperpéntico- que había imperado en la mayor parte de ella Los abrazos rotos tornan esta estilización y refinamiento en anodina monotonía e indiferencia. Sospechamos que debe haber un gran sufrimiento tras esos personajes, pero tenemos que hacer un esfuerzo por imaginarlo en vez de vernos obligados a angustiarnos con ellos. Sus confesiones, sus pasiones y sus desvelos yacen en una frialdad yerma, no asfixiante sino inerte.
Almodóvar ha hecho una película tremendamente autoindulgente, lo cual seguramente a nivel personal y artístico le haya supuesto un regalo del cielo, pero, al igual que la amante despechada que tras la ruptura decide regalarse unos zapatos nuevos, es algo que carece de interés para el resto del mundo.
Habla de películas que le gustan -encajando los diálogos a martillazos-, se recrea con la gestación de un guión (absolutamente disparatado) en el posiblemente peor momento de la película, el propio Pedro reconoce que la idea de la que nace la película le llegó viendo a una pareja mientras paseaba por la playa. Demasiados caprichos difícilmente cohesionables y de los que únicamente se salva su ya clásica especie nota al pie en forma de historia independiente -prácticamente un corto en sí mismo- y que constituye la única parte que respira vida de toda la cinta, en la que retoma esas mujeres almodovarianas hiperactivas, gritonas, desquiciadas, inverosímiles y adorables.
Almodóvar se recrea en su habilidad para rodar, pone pruebas y retos a su talento y pericia técnica, con conseguidos resultados especialmente en los desnudos protagonizados por Penélope Cruz y Kira Miró. Por desgracia estos momentos parecen quedar en meros ejercicios de estilo, en el exuberante exhibicionismo del virtuoso, es decir, en prácticamente nada (la secuencia de Kira Miró se puede catalogar, generosamente, como prescindible).
Es de elogiar la voluntad de evolución, desarrollo, huida de fórmulas conocidas, etc. en todo artista. Sin embargo, en esta exploración de nuevos caminos, este adentrarse en lo desconocido, corre el riesgo de perderse en eriales estériles, de equivocar el camino y divagar por senderos muertos. Esperemos que Almodóvar sepa "Volver", como el descarriado hijo pródigo, a la buena senda. Capacidad le sobra.
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