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Mi nombre es Barack Obama
Tiempos de Obama, tiempos propicios para llevar al cine una película sobre la esperanza protagonizada por un político estadounidense perteneciente a una minoría, o lo que es lo mismo, la historia de Harvey Milk, primer homosexual declarado en alcanzar un cargo electo de relevancia en el ya país de Obama.
Su director, Gus Van Sant, sufre uno de los casos más graves y evidentes de doble personalidad cinematográfica. Cuenta con una filmografía dividida entre el cine de autor ("Gerry", "Last Days", "Paranoid Park") y el cine hollywoodiense, cuando no descaradamente oscariano ("El indomable Will Hunting", "Descubriendo a Forrester" o la que hoy nos ocupa, "Mi nombre es Harvey Milk").
Tan radical es la diferencia que el público habitual de su vertiente "comercial" acostumbra a desconocer absolutamente la existencia de ese "otro" cine de Van Sant, mientras que el cinéfilo más intransigente considera a estas películas populares poco menos que traiciones o, en el mejor de los casos, distracciones en la carrera del "auténtico" Gus Van Sant, que es aquel cineasta que busca un lenguaje genuina e inequívocamente propio. La buena noticia es que, en ambos tipos de cine, Van Sant siempre se muestra como un director sólido y en ocasiones brillante.
Un grito a la esperanza
En su carrera política, Harvey Milk sufrió numerosas derrotas electorales, las cuales suponen el reto narrativo de no caer fácilmente en la reiteración y el tedio, que Van Sant sortea eligiendo a su antojo, pero con criterio, en qué campañas explayarse y cuáles ventilarse en un par de planos. La recreación del ambiente gay está realmente conseguida y respira vitalidad y sinceridad, sin miedo a presentar su lado más frívolo pero sin caer en la caricatura grotesca o el chiste fácil en ningún momento, a lo que seguramente contribuya la condición de homosexual del propio director. Por fortuna, en esta cinta los toques de humor al respecto funcionan y resultan naturales.
La película disfruta de un fantástico reparto, liderado por un esperablemente brillante Sean Penn, un sorprendente James Franco y un contundente Josh Brolin, que junto a Penn opta a la codiciada estatuilla el próximo 22 de febrero, esos premios a los que sólo aspira la mitad de la producción de Van Sant, del Van Sant "director de estudio". Sin embargo, sería injusto no señalar una característica transversal en todo su cine: la exploración personal de sus personajes. "Last days", "Gerry", "Descubriendo a Forrester", "Mi nombre es Harvey Milk"… todas tienen en común la presencia de la búsqueda interior de sus personajes, los cuales se enfrentan a momentos o decisiones cruciales en sus vidas, por muy diferentes que éstas sean entre sí y que suelen acabar o contar con la presencia de otro denominador común de su cine: la muerte.
Sin embargo, la palabra que define esta película es la palabra de moda en EEUU en la actualidad: esperanza. "Mi nombre es Harvey Milk" es una película bien dirigida y fantásticamente interpretada, que cumple con los requisitos del clásico, bienintencionado y esperanzador cine americano, de aquel que invita a creer en las personas, en la recompensa al esfuerzo y en el sueño americano, del que te levantas de la silla creyendo un poquito más en la vida. Puro Capra. Puro Obama.
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