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La noche americana de Wong Kar Wai
En la encarnizada lucha de nuestro país por lograr el honorífico galardón al último lugar en estrenar "My blueberry nights", la ya no última película de Wong Kar Wai, hemos vencido a, por ejemplo, Perú, por más de tres meses, y a Eslovenia, por más de seis. Vértigo, su distribuidora en suelo patrio, aduce problemas financieros graves que también le han llevado a retrasar los estrenos de "Paranoid Park" (que de aquí a nada también va a pasar a ser la penúltima película de Gus Van Sant) o "Le voyage du ballon rouge" de Hou Hsiao-hsien. Todas ellas de 2007. Así está el patio, de butacas.
Centrándonos en la obra, "My blueberry nights" es la excursión americana de Wong Kar Wai. A lo largo de la historia del cine EEUU ha sido el país predilecto para la mayoría de directores a la hora de realizar un cambio de aires. Ya sea a lo largo de una etapa entera como Fritz Lang, como segunda nacionalidad como Win Wenders, o como en este caso, y de momento, como experiencia aislada. En cualquier caso es innegable la atracción que este país ha ejercido sobre diversos realizadores por varios motivos: el poderío económico de su cine y todo lo que ello representa (acceso a las "estrellas" y a presupuestos inimaginables en sus países de origen), la capacidad de revisitar y reinterpretar ese imaginario común y universal que supone el cine americano o la posibilidad de dar el salto de círculos menores de espectadores para dirigirse a la llamada "gran audiencia".
La nómina de actores -Jude Law, Norah Jones, Natalie Portman, Rachel Weisz- confirma el deseo del director asiático de contar con un reparto de renombre. La imaginería, aunque no sea ajena a su obra (bares, juegos de cartas, etc.), si es en gran parte típicamente americana y entra dentro de esa voluntad de reescritura de los temas clásicos del cine americano.
El estilo, indudablemente, es puro Wong Kar Wai. La fotografía es plenamente reconocible, pese a no haber contado en esta ocasión con Chistopher Doyle, su colaborador más habitual. Pese a ello, todo lo esperable de una película de Wai está ahí: las tomas a velocidad de fotogramas baja, los saturadísimos verdes y rojos, los motivos táctiles (un guante en 2046, la mano en su fragmento "The hand" dentro de la obra coral "Eros" y aquí la tarta de arándonos y el exquisito beso final), las historias en las que siempre queda algo oculto, personajes que oscilan entre la fragilidad y la invulnerabilidad, que tratan de erguirse por última vez para evitar derrumbarse por completo.
La película, en último lugar, la protagoniza su clásica relación de amor obsesiva, desesperada, desmesurada, aunque tremendamente intimista. Relaciones que se presentan como la única tabla de salvación posible para sus personajes. Y en ésta al final hay beso. ¡Y qué beso!
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