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Ni Bollywood, ni Hollywood
"Slumdog Millionarie" llega con todas las credenciales necesarias para convertirse en un gran éxito de taquilla: multinominada a los Oscar (incluyendo la categoría de Mejor Película), una supuesta -y a la postre inexistente- relación con ese cine tan curioso que llaman Bollywood y un murmullo entre el público de buena película con el que ya tiene ganado el boca a boca incluso antes de haberse estrenado.
Cinematográficamente, por desgracia, supone un paso gris-oscuro-casi-negro más en la filmografía de un Danny Boyle que se encamina a engrosar la lista de directores que serán recordados por un único trabajo de relevancia y calidad, en este caso "Trainspotting".
La película parte de una premisa forzadísima: que un joven de las calles de la India sea capaz de ganar la versión nacional del concurso 50 x 15 gracias a que a lo largo de su azarosa y ajetreada vida ha ido encontrándose por casualidad con todas las respuestas a las que se enfrentará en el programa. Esto podría pasarse por alto si no fuera el único disparate de la cinta. Antes de enfrentarse a la última pregunta el concursante es secuestrado por la policía obedeciendo órdenes del programa; esta pregunta, que le haría millonario, es simplemente risible. Es más, la propina que suelta el protagonista en un momento de la película insulta a la inteligencia. Uno puede aceptar ciertas licencias, pasar por alto pequeños detalles, pero es difícil contar con el nivel de tragaderas necesario como para asumir todo esto.
La dirección de Boyle padece esa terrible enfermedad moderna conocida como epilepsia visual, consistente en la incapacidad metafísica para aguantar un plano de más de tres segundos, independientemente del estilo narrativo de la película o del momento de la misma. Da lo mismo una persecución por las calles de Bombay o la conversación íntima de una pareja, todo al mismo ritmo. Lo que en "Transpotting" era consecuencia lógica del ambiente psicotrópico y alucinado de la cinta aquí es mero artificio y vacuidad.
Otro elemento especialmente desesperante es la presencia del destino durante toda la película, de principio a fin, en el que se muestra una ingenua y absurda creencia en el "está escrito" que, de por sí, anula cualquier mérito, valor o valentía que la historia pudiera atribuir a los protagonistas. El sempiterno sueño del cine americano en el que cada uno logra labrar su destino -o más bien su futuro- pese a ser de sobra conocido, al menos concede el protagonismo a los actos de las personas, pudiendo constituir una auténtica llamada a la acción, el desarrollo personal y la continua mejor de uno mismo (como por ejemplo ocurrirá en "Mi nombre es Harvey Milk"). Aquí no, todo queda en manos de un destino escrito, idiotizante y analgésico; especialmente estúpido en un país sumido en la pobreza.
En concordancia con ello está el momento catártico de la obra, la pregunta final. Juro que intenté con todas mis fuerzas ver el punto cínico, ácido, de denuncia de esa exhibición lujuriosa de las capas más humildes de la población de la India que esperan esa última respuesta como la nueva llegada de Dios a la tierra. Pero no vi nada de ello. La redención está en la televisión y la salvación en el destino ya escrito. Y la gente se hartó a aplaudir. Para el que lo quiera, ahí lo tiene, y será todo un éxito, no hay duda.
PD: Como dato curioso para todos los aficionados a Trainspotting, Danny Boyle, afirmó en la rueda de prensa que ofreció el pasado 11 de febrero en el Hotel Ritz de Madrid que sí tiene en mente el rodaje de Trainspotting 2. Pero para ello, necesita que pasen unos años más porque necesita que sus personajes principales se muestren físicamente más envejecidos. Seguro que muchos están deseando que pase el tiempo para ver esta historia otra vez en la gran pantalla.
Para recodarlo, aquí está la canción más reconocible de la BSO de Trainspotting: Underworld y su "Born Slippy":
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