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Ya nadie quiere ser Superman
Desde la entrada en estampida de Superman en el cine y en la imaginería popular proveniente del mundo del cómic, éste y la gran pantalla han buscado presentar nuevos héroes alejados de la perfección, cada vez más aséptica y carente de interés, del hombre del calzoncillo rojo, la cabina telefónica, el rizo en la frente y la moral intachable.
Alan Moore, para muchos el máximo responsable de la -aún inacabada- aceptación del cómic como género artístico mayor por derecho propio, es el autor de los guiones originales de Vendetta y Watchmen (de cuyas adaptaciones cinematográficas ha renegado públicamente) y uno de los principales adalides de esta corriente de villanización de los superhéroes. "Watchmen", la obra que nos ocupa, es una de sus mejores y más radicales muestras.
Muchos de estos nuevos héroes imperfectos o antihéroes únicamente lo son de forma superficial. Los dilemas morales del último Batman, incapaz de atropellar a un Joker que segundos antes había terminado con la mitad del departamento de policía y trataba de hacer lo mismo con el hombre murciélago, la simpática alcoholemia de Hancock, etc. están rodeadas de un buenismo en el que jamás queda en entredicho de una forma seria la moralidad de sus protagonistas. En Watchmen, por el contrario, cuesta siquiera no ver como auténticos villanos -cuando no sanguinarios carniceros- a algunos de esos supuestos héroes. No hay comparación posible entre Batman y Ozimandias o entre Hancock y el Comediante. Si los superheŕoes se caracterizan por actuar al margen de la ley o por encima de ésta ahora lo harán directamente en su contra.
La clásica tarea de salvar a la humanidad se evapora cuando algunos de los que deberían llevarla a cabo parecen repudiarla o carecer de interés alguno por ella. El Doctor Manhattan, desde una especie de superioridad existencial y el Comediante, desde el cinismo nihilista, abandonan cualquier intento de rescatar al mundo, o simplemente se limitan a lograr un buen asiento desde el que presenciar con una irónica sonrisa en la boca la autodestrucción del planeta. Si bien hay que recordar que ambos, en última instancia, modifican su postura ante la humanidad, en lo que podría interpretarse como una crítica a los diversos sistemas, corrientes e ideologías que en el pasado siglo mediante un hiper-racionalismo asfixiante o un irracionalismo absolutista han intentado desvincularse, rehuir o relegar a un segundo plano al hombre.
Alan Moore, como buen anarquista, plantea también la problemática sobre la procedencia de la autoridad policial, la cual parece emanar única y exclusivamente del uso de la fuerza. Con la llegada fulgurante de los superhéroes éstos asumen automáticamente el papel de vigilantes de la sociedad y, tras las revueltas violentas en su contra, lo pierden. En ningún momento la moralidad o la legalidad hacen acto de presencia y suponen un argumento para la potestad de la autoridad. Una visión igualmente negra guarda hacia el papel de los medios de comunicación en la llamada "sociedad de la información" en la que éstos, literalmente, son capaces de convertir en minutos -o en lo que dura un programa- a dioses en demonios.
Por desgracia "Watchmen" no acaba de ser todo lo buena que debería (o podría). A la hora de abordar los diversos temas de calado que hemos mencionado se aprecia cierta falta de redondez, de hondura, de sosiego, en su planteamiento. Pese a las más de dos horas y media que Zack Snyder se toma para poder plasmar al completo las diversas tramas y personajes queda una cierta sensación de carencia de fluidez y espacio. Posible fruto de esta “estrechez” sea el que en ocasiones situaciones y personajes resultan involuntariamente ridículos en vez de, como la lógica apuntaría, trágicos. Valga como ejemplo la impotencia que padece el Buho sin su disfraz de superhéroe, cuyo diseño de vestuario adolece de la misma involuntaria ridiculez.
No faltan las peleas "estilo Matrix", un tópico a erradicar de nuestro tiempo y que aburren tanto como el segundo día, sin olvidar que el primero estuvieron realmente bien y otorgándoles a los Wachoswski el derecho, en exclusiva, a explotarlas hasta que consideren apropiado (o hasta que el público sea incapaz de seguir la eńesima trayectoria de bala a cámara hiperlenta).
"Watchmen", al igual que sus superhéroes, no es ni mucho menos perfecta, lo cual no quita para que resulte casi siempre entretenida, plantee valientemente temas espinosos que otras películas supuestamente "serias" tienden a edulcorar y supone un auténtico soplo de aire fresco ante el cine de superhéroes más tradicional y mojigato.
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