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La nueva película de Isabel Coixet repite su inclinación por los tipos, el reparto, la factura y el idioma anglosajón. No faltarán los que por ello la tachen despectivamente de moderna, trendy o arty, lo que espero es que su número palidezca ante el de aquellos a los que les resulta totalmente indistinto, para bien y para mal.
La directora catalana nos cuenta la historia de un profesor universitario (Ben Kingsley) acostumbrado a seducir a sus alumnas. Un libertino, un don Juan, un vividor, que, pese a su edad, mantiene intacto su irresistible ascendente sobre sus estudiantes. Sin embargo, su relación con su última conquista (Penélope Cruz) le sorprende haciéndole sentir todo aquello que, teóricamente, un hombre como él no debería sentir: celos, ansiedad, necesidad, dependencia.
Se agradece la originalidad en el tratamiento de la vejez, pues contrastando con la clásica visión de ésta como una época carente de objetivos en la que el vacío existencial y la carencia de metas e ilusiones abruma a los protagonistas. Coixet nos ofrece lo opuesto, una vejez inmadura en la que los deseos que se mantienen son los más comúnmente asociados con la primera juventud.
"Elegy" es, a pesar de su tono crepuscular y de la fatalidad que anuncia su título, un elogio del amor, la inseguridad y el vértigo que éste puede producir en nosotros. En contra de todas nuestras supuestas certezas sobre lo que somos y sentimos, el amor se muestra imprevisible, ingobernable, tornando de lo que solamente debería ser una anécdota más en el currículum de amantes del profesor al posible amor de su vida.
El profesor irá descubriendo que no estaba tan inmunizado ante el amor como pensaba y que es incapaz de controlar sus sentimientos. Algo similar le sucederá en la relación, supuestamente liberada y ceñida exclusivamente al sexo, que desde hace 20 años mantiene con una antigua alumna, la cual reaccionará airadamente al descubrir la presencia de otra mujer en la casa de su amante.
También se nos habla de la inmadurez. De lo ingenuo que es presuponer que todo el que llega a viejo es sabio, o siquiera que ha madurado. Una inmadurez que tiene su lado amargo en la pérdida de ese posible amor verdadero, y su reverso dulce en la afirmación de que la vida nos sigue sorprendiendo día a día, aunque sea a costa de mostrarnos nuestras imperfecciones.
"Elegy" es una apreciable película, apuntalada por grandes actores –especialmente Ben Kingsley y Dennos Hopper- pero lastrada por algunos defectos, en especial el exceso de metraje que se une a un final que va perdiendo fuerza e interés y que, posiblemente, podría haberse suprimido, dejando como cierre la escena de la solitaria pista de squash.
Igualmente chirrían algunas líneas de guión (como los lugares comunes respecto al arte con los que el profesor deslumbra a sus alumnas), la manida escena de la persona desorientada caminando entre el tumulto de la ciudad a cámara lenta, algunos cortes en escenas que parecían necesitar una resolución, o los mejorables ataques de celos.
Pero estas objeciones no sepultan los aciertos, como el consistente tono general de la mayor parte del metraje, la creíble relación amorosa, o la genial pareja de amigos que componen Kingsley y Hopper; acostumbrados a hablar con la típica fingida despreocupación, la impostada altanería y la falsa suficiencia de las que los hombres acostumbramos a hacer gala cuando tratamos cuestiones amorosas entre nosotros.
No será lo mejor del año, pero dentro de la actual cartelera destacada sobradamente.
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