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Gracias, Pixar
Hace tanto tiempo que Pixar destronó a Disney que resulta difícil recordar cuál fue el último estreno de la compañía de Mickey que interesara a alguien que no fuera familiar de los que aparecían en los créditos.
La bofetada cinematográfica que supuso Toy Story ha terminado convirtiéndose en victoria por KO para Pixar, que, aunque ahora esté dentro de la factoría Disney -millones mediante-, ostenta el trono indiscutido del cine de animación. Y con películas como Wall.e la cosa va para largo.
Wall.e es un entrañable robot de limpieza que lleva 700 años en la tierra recogiendo basura, por lo que se siente un poco solo. Si le unimos el hecho de que es fan de Hello, Dolly! no nos queda más remedio que sentarnos a esperar cómo descubre el amor. Y Pixar nos cuenta con gran maestría cómo Wall.e conoce a Eve y cómo se enamoran; la sencillez de la historia y la facilidad y naturalidad con que está narrada resultan arrolladoras.
Lo primero que pensamos al enfrentarnos a una película de amor entre robots es: ¿lograrán hacerlo creíble? Pixar no se limita a hacer esa apuesta, sino que la sube planteando: ¿seríamos capaces de hacerlo sin diálogos? Y es que Wall.e es una película muda en gran parte, ya que los robots apenas alcanzan a decir sus nombres, confiando la transmisión de sus emociones a los gestos y las muecas de sus protagonistas, lo que se traduce en un alarde de la calidad de la animación, realmente espectacular.
Fruto de esta ausencia de diálogos es el hecho de que el humor de casi toda la película es físico, y funciona a la perfección, sin limitarse a la repetición sucesiva de porrazos varios, lo cual reconforta especialmente en estos tiempos en que para tantos guionistas el humor se limita a golpear, mostrar, o comentar la entrepierna de los personajes.
Sin embargo, la palabra para definir Wall.e no es cómica, sino entrañable. Todo en la película, empezando por el descaradísimo y escandalosamente bueno diseño de personajes, está destinado a provocar el "oooh" en el patio de butacas. Muchos se han apresurado a tildarla de ñoña y cursi. Pues bien, pongamos en esa lista también a Billy Wilder y a Jack Lemmon por El apartamento, a Chaplin por Candilejas, a Capra por ¡Qué bello es vivir! y a tantos otros genios "cursis", no vayamos a caer en ese delito, tan mal vista hoy en día, de mirar con ternura y esperanza la vida.
Se suele atacar a aquellas películas que buscan llegar, sin tapujos y directamente, a la sensibilidad del espectador, que quieren, por qué no, arrancarle alguna lágrima, como si esto fuera, per se, algo criticable. Lo criticable es intentarlo usando como único recurso la tragedia personal, el personaje estereotipado y el argumento simplón. Eso sí es lacrimógenamente denunciable. Pero nada de eso hay en Wall.e, que cuenta con unos personajes magníficos que no se dedican a compadecerse amargamente (Wall.e es un robot que te cae genial desde el primer momento que le ves hacer alegremente montoncitos de basura), técnicamente deslumbrante en el diseño, el sonido y la animación y con una historia tan sencilla que no puede caer nunca en el embrollado y retorcido melodrama barato. La ternura de Wall.e surge del dominio del cine, con mayúsculas, que atesoran sus creadores. Lo cual, como lleva sucediendo casi cien años, se transforma en emociones.
Sí, yo lloré con Wall.e, y es de las veces que más he disfrutado de ello en mi vida.
Wall.e, te quiero.
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