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Silencio, Rosales rueda
Jaime Rosales, nada más saberse ganador de los Goya a Mejor Película y Mejor Dirección del año pasado, declaró que seguiría trabajando en la línea de su estilo personal e independiente y, tras ver "Tiro en la cabeza", queda claro que ha cumplido su palabra.
Sirva como aviso a navegantes, despistados y consumidores de "la peli esa de la que hablan que hay que ir a ver" que durante toda la cinta reina la ausencia de diálogos. Aunque más bien es la audición de éstos, pues los presenciaremos constantemente a través de cristales, ventanas, vidrieras o en plena calle, pero se nos negará el acceso a conocer lo que en ellos se dice, limitándonos al ruido de la calle y de los coches, lo que constituye la mayor y mejor baza de la película y su premisa formal.
La historia, trágicamente conocida por todos, es la de la muerte de dos guardias civiles en Francia a manos de miembros de ETA. Si Médem, a la hora de tratar el conflicto vasco en "La pelota vasca", nos ofrecía un aluvión de verborrea precocinada, Rosales se pasa al otro extremo, dibujando un cuadro falsamente aséptico, en el que la forma calma de la narración acentúa el drama que subyace tras las imágenes.
¿Por qué el silencio? Por varias razones. Porque no es necesario oír la propaganda etarra justificando lo injustificable. Porque el silencio remarca mejor la locura y el sinsentido del asesinato. Porque, como asegura el propio Rosales, "las palabras están viciadas y han perdido su sentido en el conflicto, por lo que hay que volver a redescubrirlas y a dotarlas de auténtico significado". Resulta significativo que las únicas palabras claramente audibles de la película sean "txakurra, txakurra" (que significa perro en euskera y se usa para referirse a la policía), lo que evidencia la innecesaridad de escuchar los diálogos. En esta película, las palabras más que añadir, restarían, de tal manera que la auténtica pregunta sería, ¿por qué el sonido?.
La ya clásica "cotidianeidad" del cine del director se ha confundido, o querido confundir, con una supuesta humanización –en clave bondadosa- de los terroristas, lo cual es del todo falso. La única humanización de la que podemos hablar es de una aún más terrorífica, que nos hace mucho más cercano el horror. No se trata del discurso cuasi-justificante de algunas películas, sino de mostrar cómo algunas personas–humanizadas en este sentido, en el de ver a gente real haciendo algo así- pueden llegar a extremos tan inhumanos como el asesinato a sangre fría.
Por desgracia, y aunque Rosales no lo crea así, es dudoso el éxito comercial de una propuesta de este tipo en los tiempos cinematográficas, y culturales, que corren. Sin embargo, aunque pierda la batalla económica, la guerra artística, que es la que cuenta, la ha ganado con creces.
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