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Mal de altura
Alejandro Amenábar, director que se dio a conocer en películas orientadas al giro de guión y el truco de prestidigitación final, vuelve, como en Mar Adentro, a elevar las miras de su cine en su último proyecto. Ágora es la cinta más ambiciosa de su carrera tanto en lo cinematográfico como en lo económico. La ambición, encomiable por sí misma, lleva implícita el peligro de caer en la pretenciosidad si se fracasa en el intento de alcanzar las cimas pretendidas. Además cuanto más alto se pretende subir, más peligrosa puede resultar la caída.
En esta ascensión que supone Ágora podríamos decir que a Amenábar le ha faltado la calidad y capacidad del alpinista de élite. Pero que su destreza y soltura como director le han servido, a modo de equipo de seguridad, para evitar una muy peligrosa caída.
La película aborda temas complejos como el fanatismo religioso, el enfrentamiento entre fe y ciencia, el machismo en la época y en la religión, la prometeica carrera del hombre en búsqueda del conocimiento para explicar un universo ante cuyas proporciones resulta insignificante, etc. El problema es que las conclusiones, ideas y preguntas (pocas) que plantea son intelectualmente superficiales u obvias y su resolución cinematográfica carece de la hondura y brillantez que demanda semejante empresa. Soluciones visuales como los zooms interplanetarios o las escenas dedicadas a las clases o los descubrimientos científicos de Hipatia rechinan cuando deberían deslumbrar. Los personajes que habitan la película cuando deberían ser absorbentes y de talla colosal dentro de su humanidad se quedan en planos, anodinos y previsibles.
Cuando Amenábar desciende y afronta tareas de menor calado y peso intelectual muestra pericia y capacidad para rodar asedios, levantamientos civiles, trampas, muertes, etc. Su Alejandría, cuidada y esmerada, vuelve a ser, si no brillante, si al menos digna y creíble, inteligentemente mostrada y contada hasta hacer que sus calles y sus gentes nos resulten familiares.
Siempre es digno de elogio que un artista trate de llegar con su arte tan lejos como le sea posible, incluso más allá de sus capacidades, y más aún que un director español se embarque y lidere esta clase de proyecto, asumiendo sin complejos su vertiente comercial. Sin embargo –y sin dejar de ser una cinta disfrutable- hay que decir que Ágora no cumple con las desmesuradas expectativas autoimpuestas y que a Amenábar, de momento, el traje de genio le queda grande.
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