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La mejor película española del 2009
Celda 211 es, por méritos propios, la película española revelación de 2009. Seguramente, incluso sea la mejor de la cosecha de este año. Daniel Monzón, que hasta ahora había dirigido obras que habían pasado sin pena ni gloria por público y cartelera (La caja Kovak, El robo más grande jamás contado), presenta una obra de una madurez y redondez que, sinceramente, era difícil de esperar.
El cine español actual que se acerca al mundo de las cárceles suele optar por la temática social facilona, abordada desde y para la lágrima fácil. Esta Celda 211, bajo la forma de una película de acción, resulta mucho más sincera, poderosa y auténtica que las anteriores en la descripción de personajes, en su acercamiento a los presos y en la denuncia de sus miserias.
Un mal día en el trabajo
Celda 211 es la historia de un trabajador de penitenciarías que el día antes de comenzar en su nuevo empleo decide visitarlo. Desafortunadamente, mientras se encuentra dentro del recinto tiene lugar un motín, en el que se verá atrapado. Desde entonces deberá hacerse pasar por uno más de los reclusos si quiere salir con vida.
La historia, basada en la novela homónima de Francisco Pérez Gandul, está perfectamente contada. Desde la tensión inicial que desemboca en el encierro del funcionario de prisiones, la introducción de personajes, el proceso de acercamiento que el trabajador empieza a sentir, etc. conjugando con habilidad los momentos de interés humano, la personalidad de los habitantes de la cárcel y su jerarquía interna, con el frenético desenlace de un motín comandado por reclusos.
Malamadre
Uno de estos, conocido como Malamadre e interpretado por Luis Tosar, compone uno de los personajes más redondos, hipnóticos y atrayentes del cine español reciente. La soberbia interpretación de Tosar, la modulación de su voz, su aspecto físico apabullante y su energía hacen de Malamadre un modelo para el recuerdo. Respira vida, calle, suburbios, trapicheos, pasado y se come cada escena en la que aparece.
El resto de presos también resulta natural y creíble. Además, el guión –solidísimo durante todo el metraje- no tiene esa extraña necesidad de tener que justificar continuamente las acciones presentes o pasadas de todos los personajes que se pretende nos caigan bien. Simples reos, delincuentes, de los clasificados como especialmente peligrosos, pero sin edulcorar, sin necesidad de exhibir gratuitamente su presumible maldad o violencia, pero tampoco de esconderla.
Síndrome de Estocolmo
El futuro funcionario, gradualmente, empieza a comprender y compartir las reclamaciones de sus compañeros de encierro. Con el transcurrir de los acontecimientos su compromiso con ellos irá en aumento, hasta poner en duda el bando al que pertenece, si el de sus colegas que tratan de terminar con el motón o el de los reclusos.
Este giro de tuerca está muy bien llevado por Monzón, con el ritmo correcto, sabiendo pausarlo y acelerarlo, y creando situaciones que lo hagan creíble. Desde la agónica encerrona en que se ve envuelto al principio hasta la progresiva inclinación por el lado "oscuro", nunca perdemos la sensación de verosimilitud.
Celda 211 funciona de manera brillante tanto como película de acción y motín carcelario como fresco social –incluyendo apuntes de denuncia y hasta políticos- del mundo de las prisiones. Un cuidadoso estudio de personajes aunado a un trepidante ritmo narrativo. Disfrutable de principio a fin.
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