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Complicidad asesina
Del inagotable pozo de temas que la II Guerra Mundial ha brindado a la historia en general, y al cine en particular, uno de los más conflictivos y polémicos es el grado de participación y/o culpabilidad del pueblo alemán en la dictadura nazi y, consecuentemente, en sus crímenes. Good, título moralmente explícito, decide tomar postura al respecto y se decanta por la ceguera voluntaria de Alemania ante el proceso de exterminio judío.
Vicente Amorim, su director, nos cuenta la historia de un profesor universitario que en primera instancia se opone al nuevo régimen y a su demente líder para, poco a poco, y mediante un paulatino, minucioso y concienzudo trabajo de negación, acabar formando parte de una maquinaria asesina tan evidente que solo podía negarse a través del mayor caso de autoengaño colectivo consentido por sus protagonistas de la humanidad.
Conocida la valiente propuesta -no es muy frecuente culpabilizar a un pueblo de, como mínimo, cobardía y falta de sinceridad, llegando hasta el colaboracionismo y la participación explícita, voluntaria y gozosa- falta hablar sobre la calidad de su exposición.
El principal escollo que se podía encontrar la cinta es el de, como tantas veces ha ocurrido, edulcorar o difuminar la culpabilidad, ya sea mediante la exageración de la bondad inicial del protagonista o mediante el disimulo de las evidencias que apuntan al conocimiento de las medidas que tomaba la administración de Hitler. Good nos enseña cómo Viggo Mortensen se justifica a sí mismo, progresiva y patéticamente, su entrada en el partido, las primeras medias antisemitas, su afiliación a las SS. Y no es algo lejano, no es algo que lea en los periódicos o vea a través de su ventana ocurrir en la casa del vecino, es algo que conoce de primera mano, ya que su mejor amigo es judío, pero su deseo de mentirse a sí mismo es mayor que lo que sus propios ojos pueden contemplar.
En una gran e irónica escena al respecto, Viggo se pone el uniforme nazi con el brazalete rojo y la esvástica, quedándose perplejo al observar su imagen reflejada en un espejo. Es imposible que alguien se sorprenda realmente de algo así, pues no hay manera de ser consciente de poseer tanta parafernalia nazi y desconocer su significación, o lo que es lo mismo, comulgar con sus consecuencias. La sorpresa de Mortensen no se debe a que haya sido capaz de poseer y usar el uniforme, sino a que se haya negado a sí mismo lo evidente que era en lo que se estaba convirtiendo, sin necesidad de recitar dogmas o torturar judíos personalmente, sino mediante el beneplácito que supone el silencio cómplice y la elección fácil.
Únicamente resultan molestos algunos toques humorísticos y el aire ligeramente bobalicón del personaje de Mortensen en la parte inicial de la película, los cuales rechinan y no terminan de convencer ni de encajar con el resto de la obra.
Volviendo a la valentía de la cinta se hace necesario encomiar el final de la película, en la cual no se absuelve al acusado, no se le permite limpiarse la sangre de las manos cuando ha estado lavándoselas todo el tiempo. La supuesta buena persona se da cuenta de que para serlo de verdad hay que actuar correctamente cuando se está realmente expuesto a unas elecciones complicadas. ¿Moralista? Seguramente. Pero hay situaciones en las que es obligatorio decir las cosas como son.
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