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Ética de la violencia
En una época como la actual en la que el cine que aborda la II Guerra Mundial se esmera con afán de alquimista por conseguir la mezcla "adecuada" entre nazis buenos, humanos y comprensibles y nazis malos de la muerte, Tarantino –director libérrimo hasta para decidir cuándo ser esclavo de sí mismo- nos ofrece un cuento (con erase una vez incluido) en el que la moraleja es la destrucción sádica, universal y exenta de excepciones de todos los nazis, así como su estigmatización moral –mediante lo físico- para la posteridad
Tarantino en su filmografía ya había ensalzado la violencia desde diversos puntos de vista (humor, cinismo, plasticidad, justa venganza, etc.), pero nunca como hasta esta Inglorious Basterds la había eregido, prácticamente per se, como finalidad ética. No hay lugar para delicados desarrollos de personajes ni sutilezas varias. Aquí el alemán bueno será el alemán muerto. Esto, sin embargo, no es obstáculo para que el estadounidense muestre su maestría a la hora de crear personajes hipnóticamente carismáticos, como el interpretado por Christoph Waltz –que secuestra todas las escenas en las que sale- pese a ser el más sanguinario del bando de los malos. Otro alemán que destaca por su dibujo caricaturesco es el encarnado por Daniel Bruhl, un joven héroe de guerra que pretende conquistar a una judía en la Francia ocupada deslumbrándola con el relato de sus masacres. Únicamente aquí aparecerá un atisbo de conmiseración ante nazi alguno, el cual Tarantino se encargará de castigar con la pena que, en tiempos de guerra, corresponde a la traición, la muerte.
El director americano, prodigio técnico de la dirección, exhibe su capacidad para manejar la tensión y el pulso escénicos, soltando y recogiendo sedal a su antojo para disponer a voluntad de la atención del público. La modélica escena inicial –más que un guiño, puro western- es un ejemplo paradigmático del manejo de los tiempos en otro de sus clásicos diálogos eternos que pasan en un suspiro, en los que mantiene al espectador cogido del cuello hasta que decide dejarlo escapar.
Tarantino, dado a regalarse a sí mismo caprichos en forma de escenas, se inventa una broma metalingüística anti-intelectual sobre el tópico del cine como arma en la que parece asumir que, a veces, la espada triunfa allá donde la pluma fracasa. Dicha escena acabará en el clímax de la película, una orgía de violencia de la que somos invitados de honor y en la que la proposición a unirnos –y nuestro ávido deseo de hacerlo- resumen a la perfección las –logradas- intenciones de la película.
Inglorious Basterds es un manifiesto de odio y condena hacia una de las etapas más infames de la historia de la humanidad, un grito de recuerdo y venganza por lo que sucedió sin medias tintas. Explícita, excesiva, voluntariamente cruel. Parafraseando al filósofo, cine hecho con el martillo.
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