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El antihéroe urbano del siglo XXI
Para los -ya a estas alturas se les puede llamar así- rezagados en el léxico actual (es decir, el de Internet) es perentoria una definición del término que titula la opera prima de Borja Cobeaga. Pagafantas es todo aquel pobre diablo cuyo objeto femenino de deseo le ve, poco más o menos, como a una amiga que no se depila o, lo que es peor, como a un hermano.
La incapacidad de estos sujetos
para declarar sus auténticos sentimientos provocan que sus anheladas
compañeras les hagan pasar por diversas situaciones humillantes que
ellas interpretan como adorables demostraciones de amistad, cuando en
realidad suponen para nuestros desdichados héroes una dantesca travesía
por los mas sádicos círculos del infierno.
Ésta situación, que todos hemos vivido de cerca en algún amigo (ejem), es la que da origen a esta comedia, ganadora en el Festival de Málaga del Premio de la Crítica. La trayectoria del plantel de la película (Vaya semanita, Agitación + Iva, Muchachada Nui, etc.) son un buen indicador del tipo de humor que preside la película: descarado, gamberro, irreverente, freak y con mala leche. Conversaciones delirantes de fin de semana, declaraciones de intenciones en bares de karaoke por parte de primos de Elche, abuelas en silla de ruedas dando tumbos dentro de furgonetas en plena persecución y, sobre todo, una mirada descarnada y sin tapujos a las diversas y ridículas situaciones de amor pagafantero entre ellos y ellas, tratadas con la naturalidad del que reconoce abiertamente que las ha protagonizado.
Hacer la cobra, el lemur o el koala son algunos de los nombres -acompañados de sus correspondientes gags- que es posible que deba aprenderse este verano y en los que se vea agridulcemente retratado. Todas estas expresiones coloquiales que abundan en la película son reflejo del carácter generacional que posee la cinta. Si bien el "drama" central de la cinta es plenamente universal los rasgos sociales identificativos: jóvenes en general, vascos en particular, no especialmente atractivos y con escaso o nulo éxito entre las mujeres, responden a un perfil que el director admite ser el que ha vivido en sus carnes, alejado de otras cintas sobre lujuriosas y eternas noches macrodiscotequeras habitadas por triunfadores adonis de cuerpos divinos y caras angelicales.
Siendo una comedia veraniega para un público eminentemente joven y con grandes dosis autobiográficas sería fácil haber caído en la blandura y el compadecimiento del protagonista (Gorka Otxoa), pero el director no duda en cargar las tintas contra él y contra su cobardía patológica, en lugar de contra la inconsciente torturadora (Sabrina Garciarena), huyendo del cuento del pobre chico enamorado. Pagafantas es una divertida película sobre una pequeña tragedia moderna contada con crudeza y sin complejos. Una simpática historia de chico conoce a chica y hace el ridículo hasta límite insospechados. Un guión que todos, quien más quien menos, hemos protagonizado y que es catárticamente refrescante ver en pantalla grande.
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