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Marcando el camino
Hirozaku Kore-eda, responsable de la bellísima Nadie sabe, ha presentado desde hace un tiempo su más que seria candidatura a entrar en el grupo de directores asiáticos de referencia en la actualidad, junto a los Wong Kar Wai, Kim Ki-Duk, Zhang Yimou y compañía. Su última película, Still Waliking, prácticamente le asegura ingresar en ese grupo de cabeza, e incluso abordar su renovación en unos tiempos en los que el fulgor inicial producido por estas luminarias ha perdido cierto brillo a ojos de la vanguardia y la crítica cinematográfica internacional.
Kore-eda nos presenta una historia familiar dentro de la mejor tradición japonesa, descendiente del Ozu de Buenos Días, del cine contenido, del pequeño hasta lo íntimo y que desde esa intimidad acaba abarcándolo todo. O al menos lo más importante.
Ante un cine al que cada día le cuesta más captar y mantener la atención del espectador sin recurrir a los infinitos fuegos de artificio a la disposición de cualquiera, cierto cine asiático -no exclusiva, pero si capitalmente- ha mantenido un estilo alejado del eterno último giro de guión, de la narración epiléptica, cuyo resorte emocional básico es el grito, el llanto o las explosiones.
La película, según palabras de su director, es un homenaje a sus padres, recientemente fallecidos. Con ella Kore-eda trata de expiar los sentimientos de culpa que siente por haberse alejado de ellos en sus últimos días, nostalgia de los días perdidos que jamás volverán. Para su retrato el director nipón nos introduce en la vida de un joven que, junto a su nueva familia, afronta una nada deseada visita a la casa de sus padres.
El soberbio guión -también firmado por Kore-eda, junto a su magistral dirección- nos irá desvelando los secretos, la idiosincrasia y la historia de la familia. Desde la cotidianidad de las comidas, los diálogos y las visitas al baño, tras las solo aparentemente triviales conversaciones, los gestos y las reacciones indiferentes surgen unas relaciones humanas palpables, con volumen, reales. Cada frase deslizada entre sorbos de té, un ajuste de cuentas, cada gesto, un recuerdo del pasado.
Kore-eda disecciona la complejidad de las jerarquías familiares, de los afectos paterno-filiales, de los rituales y las pruebas de aceptación de los nuevos miembros. La terrible transición desde la admiración por el padre durante la infancia hasta el recelo y el rechazo en la madurez. La presencia de afectos forjados hace años y que, pese a seguir existiendo, no pueden ser vividos de la misma manera, sino tan solo de forma residual, vaga y apagada, sepultados por años de hastío y separación.
La sobriedad y la sencillez, saben, además, ceder espacio a momentos más líricos: el seguimiento con toques de fábula al vuelo de una mariposa, volver a escuchar una antigua canción o los niños jugando bajo los cerezos en flor. Situaciones perfectamente ensambladas de forma que ni siquiera contrastan con el resto del discurso, gracias a la pericia del director japonés.
La película acaba y nos deja sumidos en una agridulce melancolía que advierte sobre la vida que se nos escapa irremediablemente entre los dedos de la mano, pero que invita a vivirla antes de que ésta consiga huir definitivamente. Historia, sensaciones y mensaje que llevados delicadamente de la mano de Kore-eda llegan delicados y seductores al espectador, ya inmerso en el universo creado por el japonés.
Estamos ante las obras de confirmación de un director destinado a encabezar, junto a otros pocos, una generación. Solo nos queda desearle y desearnos que tenga una larga filmografía, porque nada parece hacer peligrar que ésta vaya a estar repleta de joyas como la que motiva estas líneas.
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