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Rincones a los que no llega la luz
Llega a nuestras salas Tres monos, galardonada en Cannes 2008 con el premio a la mejor dirección para Nuri Bilge Ceylan. Esta costumbre española de llevar un retraso cinematográfico bíblico supone, entre otras consecuencias, que antes de los estrenos las cintas llegan con una crítica y una imagen formada prácticamente inamovible.
Tres monos aterriza con la vitola de dura y oscura, calificativos de los que desconfiar en tanto que esta dureza y oscuridad suele
limitarse a ser sinónimo de casquería explícita, sexo sórdido y
destornilladores no siendo empleados para su propósito original.
Pero Tres monos es otra cosa. Tres monos sí es oscura, es oscura incluso de día, es oscura incluso cuando la cámara se sitúa frente a un ventanal con vistas a un mar y a un cielo cegadores, pero que son incapaces de iluminar el interior del hogar de los protagonistas, y muchos menos sus vidas. Es dura, porque enfrenta a sus habitantes a la toma de elecciones morales de las que siempre salen perdedores, creando un efecto avalancha que arrastra cada vez a más personas en un ciclo del que no parece existir salida alguna.
Es dura porque es contenida. Los gritos son puntuales y los sucesos más violentos son omitidos mediante elipsis. Lo es en sus omnipresentes tonos ocres. Lo es tanto en sus planos con pequeñas profundidades de campo que aíslan a los personajes de su entorno como cuando éstos se nos muestran en su opresiva y claustrofóbica totalidad.
La aplastante presencia física de los actores que encarnar a la infeliz familia, sus arrugas, sus barbas y sus heridas. La reinterpretación del lugar común cinematográfico del viajero asomado a través de la ventanilla (que se une a la personalísima visión de la realización personal de Wes Anderson en The Darjeeling Limited o al cinismo de Joker en The Dark Knight de Cristopher Nolan) en la que el tradicional sifnificado de triunfo y liberación queda transformado en sumisa derrota. Derrota tal que en el segundo viaje la cámara ni siquiera tiene fuerzas para asomarse al exterior, quedándose, abatida, dentro del vagón del tren.
La película nos abandona sin estridencias, con la llegada de una lluvia gruesa y pesada que cae perezosa desde un plomizo y oscuro cielo, dejando al fondo un gris horizonte. Tres Monos no nos presenta la exótica Turquía que nos encontraremos este verano en los folletos vacacionales, la que está bañada por la blanca luz del Mediterráneo, ni inundada de la colorida diversidad de la multiculturalidad y la danza del vientre para turistas, sino una Turquía sucia, apagada, descolorida, desesperanzada, que huele a sudor, kebab, tierra mojada y tristeza.
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