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Los mundos de Miyazaki
El maestro Miyazaki asegura que el público objetivo de su cine son los niños, lo cual, de ser cierto, es el tratamiento de rejuvenecimiento más efectivo y recomendable que haya experimentado jamás. Un sociólogo que acudiera a presenciar la salida de los espectadores de una película de Miyazaki probablemente se sorprendería al comprobar que las mayores caras de embobamiento y felicidad corresponden a los que llegan a posar los pies en el suelo desde sus butacas.
"Ponyo en el acantilado" no es una excepción, al contrario, es puro Miyazaki. Sus universos están repletos de criaturas inverosímiles, de seres mitológicos (dentro de la propia mitología que él crea en cada película), de corazones inmaculadamente buenos, de historias mínimas sumergidas en inmensos mundos mágicos, de niños que juegan a ser novios.
Ponyo es un pez -hembra- que se hace amigo de un chico y quiere volverse humano para poder estar con él. Pero, obviamente, no será fácil. La incomprensión y el prejuicio mutuo entre el mundo terrestre y el marítimo dificultan la relación entre dos seres que, independientemente de su origen y condición, han decidido estar juntos. La amistad infantil es un tema tradicional en la filmografía del nipón. En ella la frontera entre ésta y el amor es difusa y sus protagonistas siempre se quieren de manera incondicional, aunque, gracias al talento del cineasta, de forma totalmente creíble. Miyazaki nos lleva de la mano a momentos asociados con la infancia en que los sentimientos eran más puros, más sencillos, más perfectos.
La gran distancia entre el mundo infantil y el adulto recuerda a la que Saint Exupéry trazaría en "El Principito", donde los mayores son a menudo incapaces de entender a los más pequeños simplemente porque no ven lo mismo que ellos, aunque, como en una maravillosa escena de la película, se trate de un pez enorme persiguiéndoles por la carretera. Esta característica, en la que los protagonistas parecen ser conscientes de realidades distintas o al menos interpretarla la realidad de distinta manera se une a la creación de atmósferas en las que la fantasía no se intercala con la realidad sino que se apodera de ella, construyendo mundos mágicos que sumergen al espectador en los dominios creativos de Miyazaki.
El director, antiguo militante comunista que hace ya un tiempo renegó de sus creencias marxistas, sigue sin embargo dejando transparentar en su obra algunas ideas fácilmente relacionables con su historial político, como la lucha, la fuerza y la victoria final de las masas, representada en esta ocasión por los hermanos de Ponyo, que no dudan en ayudarle para que éste venza el encierro al que le somete el poder, encarnado en su propio padre. La creencia en la bondad innata de la mayoría de las personas es otra similitud que atraviesa toda su carrera y que muestra ese debe intelectual.
Ante la tendencia actual del cine de animación, no ya de incluir, sino de usar casi exclusivamente técnicas modernas (stop motion, 3D, etc.) sus talleres han optado por volver al dibujo fotograma a fotograma, según declara para dotar de una mayor sencillez a las imágenes, lo que a su vez le permitieran imprimirles un mayor dinamismo. El resultado, especialmente en la escena inicial, es deslumbrante.
"Ponyo en el acantilado" es una gran película, una más, en la carrera de un creador que desde sus inicios ha traspasado con la animación el nicho de mercado de los niños y ha pasado por la puerta grande a la primera plana de interés del cine adulto. Su nominación al León de Oro en Venecia es apenas una pequeña pista de la recompensa que espera a los que se deciden a introducirse en la obra del japonés. Pese a lo grandilocuente o excesivo que pudiera parecer estoy convencido de que la humanidad se divide en dos clases de personas: las que tienen la suerte de poder descubrir estos universos por primera vez y los que ya lo hemos hecho y estamos deseando volver.
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