| Escrito por Javier Melero,
on 25-02-2008 13:46
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Publicado el : , cine |
Si, como asegura Eugenio Trías en su reciente libro El Canto de las Sirenas, la tragedia es la unión de lo dionisiaco y lo apolíneo, la última entrega de los Coen se postula como referente trágico de estos "tiempos modernos". Y es que No es país para viejos ha sido la gran ganadora de los Oscar con cuatro galardones a sus espaldas: Mejor Película, Mejor actor secundario para el gran Javier Bardem, Mejor director y Mejor guión adaptado para los hermanos Coen.
En No es país para viejos, lo claro, recto y sereno no contrasta con lo turbulento, turbio y retorcido, sino que confluyen en el mismo ser-acto que representa el binomio Chigurh-muerte interpretado magistralmente por Bardem. Asesinato que como tal es dionisiaco, pero que resulta apolíneo en su forma. El contraste de ambos no se encuentra en la comparación entre distintos actos o personajes, ni en los distintos estados evolutivos o anímicos de estos, sino que coexisten ambos extremos en un mismo hecho; transfigurando ese supuesto contraste en una unión profundamente turbadora.
La serenidad y la rectitud deberían quedar anuladas ante la finalidad de su misión: la destrucción. Pero no es así. El asesinato no resulta desgarrador, la pulcritud de su ejecución lo impide. Pero no nos encontramos ante el clásico asesino romántico, de un refinamiento y modales que convierten el homicidio en arte. Chigurh comete sus matanzas con una perseverancia y seguridad rayana en la belleza del que obedece a su propio imperativo categórico, sin titubeos, sin exaltación.
El frenesí que refleja su rostro en el primer asesinato es ficticio, pues está ausente en el resto de carnicerías de la película. Cebo este, el de la humanización del personaje (aunque ésta exprese un deseo diabólico), que los Coen vuelven a lanzar al espectador cuando Bardem, antes de ejecutar a una de sus víctimas dentro de una bañera, corre las cortinas en lo que parece una muestra de rechazo ante la acción realizada. Más tarde descubriremos, en la sencillez de un cruce de piernas, que ese gesto únicamente estaba motivado por la irónica coquetería de Chigurh, que le impide mancharse con la sangre que derrama.
El vacío que sentimos ante él se acrecienta al descubrir su ausencia de motivaciones. Observamos que el dinero poco parece interesarle, como tampoco tiene la necesidad de matar del psicópata. Únicamente hará mención a la obligación (imperativo categórico sui generis) de matar al personaje encarnado por Josh Brolin, aunque este le entregue el dinero. Razón que, en el fondo, carece de toda lógica. El abismo entre Chigurh y nosotros se expande, y en su fondo reside el absurdo, la sinrazón, la desesperación nihilista del hombre actual que no encuentra, ni cree que exista, un sentido que buscar.
La cinta nos recuerda constantemente la inmensa distancia que nos separa de esta nueva clase de hombre que personifica Chigurh. Un hombre fuera de lo humano, como nos demuestra su arma predilecta, una especie de punzón como los empleados para sacrificar reses, transformado así a sus víctimas en animales. El crepuscular personaje interpretado por Tommy Lee Jones parece intuir este macabro uso, pero parece resistirse a decirlo. Probablemente por tratarse de una verdad tan terrible que no puede hacérsele frente, ni siquiera mencionarla, pues su sola pronunciación supondría una invocación al diablo Chigurh.
Es precisamente una conversación de Tommy Lee Jones la que cierra la obra. En ella el actor narra una pesadilla que ha tenido en la cual aparecía su padre ya fallecido, símbolo de la ausencia de protección, de la falta de seguridad, del fin de unos tiempos en los que existían unos referentes a los que asirse y bajo los que cobijarse. Ahora sólo queda el desamparo ante una realidad brutal, incomprensible e inmotivada, ante la que el retiro forzoso (físico, espiritual y sentimental) y la jubilación son ineludibles. El tiempo de los héroes ha pasado, la muerte del que estaba destinado a serlo y que pudiera servir ejemplo catártico y consolador nos es arrebatada en un magistral recurso de montaje.
Fin de la tragedia que ni podemos sentir como tal. Una película seca, árida, apolíneamente estilizada en su depravación, dionisiacamente descarnada en su contenido, perturbadora en su conclusión.
De lo mejor del año. Palabrita del niño Chigurh.
Este es el momento en que Javier Bardem recibe el Oscar al Mejor Actor de Reparto:
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