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Calentones inofensivos
Tras el pastelazo de los vaqueros homosexuales (Brokeback Mountain), Ang Lee vuelve con otra entrega presuntamente escandalizadora, pero que a esta altura de la película dudo que hiciera a mi abuela tan siquiera cambiar de canal.
Seguramente el director niegue que su objetivo sea algo tan pueril como el escándalo, estoy tan seguro como que no ha conseguido provocarlo. Si su propósito era contar la enésima historia de mujer obligada a dormir con el enemigo, podemos asegurar que las cotas de vértigo y tensión alcanzadas no pasan de puertos de tercera, incluso es posible que ni superen a las cuestas de mi pueblo.
Los pegotes que rodean a las escenas de cama no pueden -como gran parte de las películas españolas- evitar parecer excusas para llegar al catre.
El espíritu patriótico chino despierta en una escena que hasta su eufórica conclusión parecía estar interpretada en clave de humor. Aún más esperpénticos resultan ser los camaradas revolucionarios, casi tanto como su primer asesinato y al nivel de la iniciación de la pseudo-heroína en las artes amatorias.
El descubrimiento personal a través del sexo es muy poco convincente. En su segunda experiencia ya intuimos que le ha cogido gusto al asunto y en la tercera es evidente, lo que desdramatiza todo (y en teoría debería ser mucho) su padecimiento al tener que someterse a los deseos del inspector de policía japonés al que pretende asesinar.
Es difícil hacernos partícipes del sufrimiento de alguien a quien vemos disfrutar la inmensa mayoría del tiempo con aquello que supuestamente es la fuente de su dolor como mujer china. De forma que cada vez nos interesa menos su historia, por mucho pelo –sí, de ese- que se vea en ella.
Podríamos decir que es una trepidante historia sobre la primacía del deber o del placer, la razón o los sentimientos, pero mentiríamos. Ese gran drama ni se asoma a la pantalla. Todo es complaciente y acomodaticio. Ang Lee se gusta a sí mismo, se regodea en su forma de rodar, pero el resultado es impostado, artificial, y carente de vida.
Se salva de la quema el gran Tony Leung, del que siempre he pensado que de haber actuado a mediados de siglo en Hollywood tendría ahora mismo su propia edición de grandes éxitos al lado de las de John Wayne o Errol Flynt.
Por desgracia no deja de ser una muleta para un director cojo e incapaz de hacernos olvidar su tara. Los críticos ya se han lanzado a alabar la obra, presa fácil de los rasgos orientales del director (ya sabemos lo estupendo que es el cine oriental, a no ser que lo programen a horas intempestivas en los festivales y pille a todos dormiditos. Ang Lee no tiene estas desfachateces), la elevada factura en términos estrictamente técnicos (que al primer rascado se desploman mostrando el vacío más absoluto) y la oscarizada corriente elogiosa (justa mezcla "gafapastil" entre underground y mainstream). Ustedes verán.
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Escrito por Invitado el 2007-12-29 14:53:53 muyn buena crítica, Tony Leung es un crack, el Bogart oriental |
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