|
Después de casi diez años tras el fracaso comercial de "Lulu on the bridge", Paul Auster vuelve a ponerse tras una cámara para filmar un guión suyo. "La vida interior de Martin Frost" es la clásica historia dentro de una historia al estilo de las muñecas rusas, cuyo número de capas suele estar relacionado con las ínfulas de genialidad que tenga el director. Por suerte Auster se modera en este aspecto.
El argumento es sencillo; un escritor que acaba de terminar una novela se refugia en casa de unos amigos para descansar de su trabajo. Sin embargo, cuando se despierta a la mañana siguiente descubre que una extraña mujer, que acabará siendo su musa y su amante, yace a su lado en la cama. Este McGuffin, imposible, creíble, algo sobado, pero bien planteado, le sirve al director-guionista para reflexionar sobre la inspiración, el amor y la belleza.
Poco a poco Martin se va dando cuenta de que hay algo de irreal en ella. Esta impresión se refuerza por las lecturas que ella, estudiante de Filosofía, lleva a cabo. Se cita la clásica pregunta del obispo Berkley: "Si cae un árbol en un bosque y no hay nadie cerca para escucharlo, ¿hace ruido el árbol?". Incluso ella le pide que para creer en su amor haga un acto de fe. Auster nos plantea aquí preguntas sobre la naturaleza del amor, si podemos estar seguros de él, de si únicamente es producto de nuestra mente y no algo tangible y si en última instancia no es más que un acto de fe que, por la reacción del protagonista, merece la pena ser realizado.
Sin embargo, la chica además de su amante representa a su inspiración, por lo que todas las interrogantes anteriores sobre el amor se plantean sobre el arte y su veracidad. Pese al doble significado amor/arte que personifica la mujer, Auster acaba jerarquizando ambos, pues en una escena de la película Martín debe quemar el libro fruto de su relación para salvarle la vida. Todo este juego de insinuaciones y dobles sentidos podría parecer complejo, pero se nota la pericia como escritor de Auster, que consigue plantearlos para que resulten claros, aunque no excesivamente evidentes.
En la segunda parte de la película, en la que la chica desaparece tras haber cumplido su trabajo como musa, por desgracia Auster no logra el nivel de fluidez de la primera, sobre todo en lo que concierne a la relación entre los dos, manteniendo un mejor tono en la aparición de la trama secundaria. La justificación sobrenatural para la marcha de ella es la archirepetida "llamada de los jefes de arriba", lo que no está a la altura del escritor norteamericano. Tampoco terminan de funcionar los flashbacks en blanco y negro y las apariciones de ella, que parecen nuevamente recursos demasiado fáciles y manidos.
Mucho más sugerente y lúcida es la historia de Martin con el plomero, llamado Fortunato, al que conoce cuando se le pincha una rueda (símbolo evidente de la rueda de la fortuna, que entronca con el acto de fe y el salto al vacío que parecen exigir el amor y el arte). Éste resulta ser un escritor frustrado y nos ofrece los mejores contrapuntos cómicos –memorable el juego de los dardos destornilladores- de la película, además de algunas reflexiones de hondo calado. Pronto descubriremos la causa de su falta de pericia ante el papel en blanco; Fortunato también tiene una musa, pero -en lo que resulta una interpretación muy platónica de la belleza- no sabe apreciarla, descubrirla y valorarla. No logra sentirse inspirado ante ella, y la desprecia injustamente.
Tal vez la mejor manera de resumir la película sea la del propio Fortunato cuando dice que respecto a la forma hay que pensar en pequeño –no le quedaba otra a Paul Auster tras el fracaso de "Lulu on the bridge"- pero en grande respecto al contenido. Pese a algunos bajones de calidad e intensidad, "La vida interior de Martín Frost" es una película muy recomendable que ofrece tantas ideas como interrogantes.
|