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Fantasías animadas de ayer y hoy presentan: Rebobine, por favor, un cuento visual de Michael Gondry sobre el amor al cine, a la vida y otras pequeñas locuras.
En los tiempos del paso del DVD al Blu-Ray, una pequeña tienda de irreductibles seguidores del VHS se resiste a desaparecer con poco éxito. Mientras su propietario emprende un viaje para lograr ponerse al día y salvar el negocio, uno de los asiduos del local fracasa en su delirante intento de sabotear una central eléctrica, lo que tendrá consecuencias desastrosas para las cintas de vídeo, que se borrarán debido a la magnetización del ilustre cliente en su siguiente visita a la tienda.
Para salvar la situación el encargado y el causante de la catástrofe deciden regrabar los títulos que el público pretende alquilar, lo que se acaba convirtiendo en un éxito total que pones patas arriba a todo el barrio. Si simplemente la idea ya merece al menos el precio de un par de entradas, el desarrollo de la misma va mucho más allá. Gondry nos ofrece una dulce, disparatada, profunda, inspirada y divertidísima comedia en la que hay mucho trasfondo que cortar y disfrutar.
Es un gustazo disfrutar de un humor cuyos gags físicos no se basan en ventosidades y tetas. Los problemas técnicos y de producción que tienen que solventar recuerdan entrañablemente las ingeniosamente ingenuas soluciones visuales que se encontraban durante los primeros pasos de la historia del cine. El sketch de la escalera durante el asalto a la central o el de la nota escrita al revés muestran la maestría y dominio visual de un Gondry que es un auténtico creador en este campo.
Pero la cosa no se queda ahí, a al mismo tiempo que nos hace reír se nos habla, entre otras muchas cosas, de unas de las cuestiones fundamentales del arte en el siglo XX: determinar su ubicación real, si éste reside en el acto de creación del artista o en la contemplación del espectador, si se aloja en la intención del que gesta la obra o en la interpretación que de ella lleva a cabo el receptor. Para Gondry, ambas respuestas son correctas y ambas son igual de importantes. La pasión que muestran los personajes metidos a directores y que acaba engullendo a todo el vecindario (la escena de la decisión del montaje es sublime) ensalza el acto creacional; pero no podemos olvidar que el origen de éste acto es el recuerdo de haber visto previamente esas películas, y de cómo éstas pasan a formar parte de sus vidas y de las nuestras. Tremendamente esclarecedora al respecto la secuencia en la que se resumen los títulos que regraban y en la que comprobamos como esas películas, desde los clásicos a las megaproducciones de usar y tirar, tienen ya guardado un sitio entre nuestros recuerdos.
Asombra la facilidad de Gondry para tratar temas de gran calado con sencillez y a vuela pluma, como la crítica a los métodos económicos de los comercios actuales; la imborrable huella del racismo cuando Jack Black no puede hacer de un personaje por no ser negro, que se demuestra resulta mucho más determinante que ser gordo; o el ataque a la cinefilia militante y talibana con la invención de ese grandísimo término: sweded.
Una acusación ya clásica a Gondry es la de ser retrógrado y reaccionario, sobre todo a partir de la escena de La ciencia del sueño en la que García Bernal arroja un televisor al mar. Sus críticos encontrarán material arrojadizo en la batalla que se presentan en la película entre el VHS y el DVD. Sin embargo, creer que Gondry anhela la vuelta de las cintas TDK sería erróneo y superficial. Gondry reivindica un cine distinto, hecho con intenciones opuestas a las que en la actualidad rigen la mayoría de películas, un cine que es más arte que producto y cuya metáfora icónica es el VHS y el DVD, uno hecho desde el amor al cine y otro desde el amor a los ceros del banco.
Podría continuar cantando las alabanzas de la película, pero creo que es mejor dejarle descubrirlas al espectador, pues son de esos tesoros de los que con el tiempo recordamos la suerte que tuvimos al encontrarlos por primera vez. Valga con decir que, en pleno siglo XXI, Gondry ha sido capaz de ofrecernos una mezcla entre Frank Capra y Cinema Paradiso cuya suma es, posiblemente, superior a sus partes.
Un homenaje a la vida, a los recuerdos del pasado –incluso a los ficticios-, a la pasión por el presente y a la pelea por un futuro, por mucho que éste pueda no producirse nunca. Y también un homenaje a una de las maneras más bellas de contar todo esto: el cine.
De esas poquísimas películas que te congracian con la vida.
Disfrútenla.
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