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La tradición de la margarita
Hoy dicen las noticias que no quedan margaritas en Madrid. Que la amapola ganó la guerra civil, que las rosas acabaron la tarea, que las lilas no dejaron ni rastro. Mentiras. Y sentado frente al televisor había de recordar la primera vez que mi padre me llevo a ver margaritas. Era mayo y el sol resaltaba la blancura de sus pétalos.
No recuerdo más. No recuerdo la última que ví, como no recuerdo muchas otras que marcaron el camino. Quizá por eso se extinguieron. Muchas decisiones en la vida y por lo visto no tantas flores que den soluciones.
Una margarita me mandó a vivir a Dinamarca en una apretada serie: Sí/No al mejor de siete. Otra decidió entre bajar el Mississippi y conocer los grandes lagos. En Nueva York no hay margaritas. Allí se extinguieron hace tiempo. Demasiada gente con demasiadas dudas. Supongo que las exportan de los puertos de Ámsterdam en grandes buques repletos de soluciones urgentes.
Una ronda rápida a una sola flor me guió a mi carrera. Un al mejor de cinco a mi trabajo. Muchos pétalos. Buenas indicaciones. La primera flor que regalé por amor fue una margarita. Supongo que la primera vez que me rompieron el corazón fue por un pétalo traidor de aquella misma flor.
El nombre de mi sobrina fue un duro debate con mi hermana que dejo sin flores el jardín de enfrente. Mi perro devoraba las silvestres. Quién sabe si para purgar sus excesos o para encontrar su camino. No recuerdo haber comprado margaritas en mi vida. En ese sentido carecen de glamour. La gente prefiere las rosas con sus espinas, los claveles con su toque castizo o los coloridos tulipanes.
Se han acabado las margaritas de Madrid, y ante la visión de tan magna tragedia me vienen flashbacks de todos mis crímenes florales y me siento genocida. Hace años que deshojé la última de mis decisiones. Un salto o no salto en el jardín de las Vistillas. Un recuerdo borroso del final de una agonía. Aquel día Marga dijo: “salta”. Sonreí. Lloré. La acusé de traición. Y no salté. Quizá no tuviera motivos reales. Puede que sí.
Aquella fue la primera ocasión en que le di la espalda al destino. Ese día no salté y aquella fue mi última margarita. Lo dejé. Por un tiempo me dediqué a arrancar, pisar y aniquilar cuantas flores traidoras encontré por mi camino. Luego vino la indiferencia, el cambio, mi metamorfosis. Deje el destino a un lado y me olvidé de las flores, de las excusas, del evitar tomar decisiones. Me despedí de ellas hasta tal punto que ya no recuerdo su olor, la excitación del veredicto, del ir tirando pétalo tras pétalo con la seguridad de esperar la dirección a un camino.
Todo aquello voló. Lo fui olvidando a la par que tomaba las riendas de mi vida y destino. Las conseguí borrar de mi memoria acelerando el paso en los parques, mirando a las nubes en los jardines y buscando piedras en el campo. Todo aquello pasó con el tiempo. Y con los años se convirtió en un lejano dibujo de la vida de otro que no era yo. Todo aquello pasó, pero hoy, viendo las noticias no pude sino derramar una lágrima por la última margarita de Madrid.
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