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José González y las procesiones suecas
Tres abetos blancos pintados sobre un telón oscuro cuelgan del fondo del teatro. Delante, una pequeña tarima cuadrada con una silla, un micro y una guitarra española. Enfrente, un auditorio lleno, entregado y en religioso silencio a la espera de que una de las grandes realidades de la música indie, José González (1978), salga a escena.
Este sueco de raíces argentinas se presenta tímido, vestido en tonos oscuros, pelo corto y una barba cuidada. González va acumulando visitas a Madrid -esta última, el pasado 12 de marzo en la sala Joy Eslava- y cada una de ellas se convierte en una pequeña peregrinación tan silenciosa como apasionada. Sus temas suenan honestos, químicos e hipnóticos. Se presenta solo, aunque las tecnologías cuelan un susurrante saxo de cuando en cuando. Viene con la última creación, "In our nature" (2007), además de un disco en directo, "Live At Park Ave" (2008).
Su música es una declaración que juega con los silencios y las confesiones de las seis cuerdas de una guitarra a la que saca muchos más matices. Durante el concierto, va enlazando canciones con breves discursos, y muchos agradecimientos. Sin duda sorprende el silencio de un auditorio que colgó el “sin entradas” hace días. Y esos silencios se rompen en sonoras ovaciones que prenden a cada tema la timidez de González. Killing for love, How low o Cycling for trivialities son algunos de los adalides de su ultimo trabajo que conjuga con "Veneer", su álbum de 2005.
Con la cabeza cobijada unas veces en la guitarra y otras en la oscuridad de unos focos que son la única luz de la sala, González se confiesa musicalmente. Su éxito pone de relieve el acertado trabajo que se realiza en Suecia, cantera inagotable de jóvenes talentos musicales, pero también los acertados pasos que ha ido dando en su carrera. Se despide y regresa varias veces, en esa costumbre de los artistas independientes de copiar los malos vicios de las grandes estrellas del rock. Pero José González no se cambia de ropa, ni aprovecha los aplausos para soplarse unas rayas, sólo se quita el traje propio y se mete en ajenos. Primero disfrazado de Massive Attack para cantar Teardrop, más tarde y más esperpéntico a lo Kyle Minoge con Hand on our heart, y finalmente en la piel del tormentoso Ian Curtis con la aterradora Love will tear us apart.
Se va y ya no vuelve más, de momento. Madrid ha sido la última parada de su gira española pero seguirá volviendo. José González seguirá confesándose a oscuras a través de una guitarra, y los parroquianos seguirán esa procesión de silencios y aplausos.
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