|
El blues del perro de la Laguna Negra
Termina la primera edición del festival de música negra Enclave de Agua. Blues, jazz, funky y groove han invadido las orillas del Duero a su paso por Soria. +quetrapo estuvo allí, con todos. Con los Reyes, con Bonie, con los ahijados del Padrino de Soul, con Chicho y los Cherry Boppers…
Un mosquito se estampa contra el parabrisas del coche camino a Soria. Abro otra cerveza. Ahora deben estar saliendo los Reyes del KO. Busco entre los discos alguna canción suya. No son negros. Vamos tarde y el paisaje se extiende. Nos perdemos en la música. Ella conduce callada, el blues fluye, Marcos y Adrián (Los Reyes del KO). Menudos genios. Ya hace años que se fueron de Madrid a Berlín con su blues gallego. Me gusta verles cada vez que vienen. Tampoco llegamos a Speaklow.
Paramos en un cruce de caminos comarcal y me acuerdo del triste final del gran Robert Johnson. Envenenado y abandonado en una triste cuneta sobre la que orino. Hostal. Ducha. Tres wiskys. Conciertos. Bajamos al río. Es de noche y el Duero aparece oscuro, diáfano y ruidoso. Entramos directos a la barra. No actúa nadie. Marcos (armónica) nos presenta a su chica italiana, Adrián furula desorientado entre la gente. El jefe de prensa me va presentando a las bandas. Buena gente, sobrados en asuntos musicales, con conversación y talento, probablemente con tan poco dinero como yo.
El recinto es pequeño pero elegante. Una bonita carpa entre dos caserones hace las veces de escenario principal. Alfredo, de la organización, apunta el costoso camino hasta el presente, “ahora todo merece la pena”.
Sale a escena Still Black & Still Proud, la gran banda que acompañó a James Brown. El escenario se llena de negros, de instrumentos, de talento. Todos los músicos del festival se congregan para ver a los genios. Y el Padrino del Soul dejó buena escuela. Muchas tablas, buenas voces, ritmos envenenados y contagiosos. Música negra en estado puro. Un cowboy bien maduro fuma marihuana soriana pasada la medianoche. Matrimonios, algún descarriado, muchas sonrisas. El recinto se va llenando según se acercaba el soul. No hay puertas, ni colas, la gente salta, las guitarras, saxos, los tambores, todo se aúna en un torrente de nitidez. “Es que tenemos a un fiera en el control de sonido”, me apunta alguien.
Varios whiskys y el espectáculo acaba bajo las estrellas de Soria. Ovación de jueves. A los platos Charlie Faber (Radio3). Más música, más negros. Ella no puede andar. Las horas van pasando. La mujer del cowboy le barre para casa. El Goa, uno de los camareros, mezcla de Rosendo con Joshi nos habla de la Laguna Negra. Habla y habla y cada rato se vuelve a preguntar que bebo: "whisky".
Poco después estoy conversando con Chicho, guitarra de los Cherry Boopers, me habla de promoción, del 80/20, de la necesidad de sonar. Yo sólo asiento. Él no calla. La música se ha acabado, los rostros que quedan aparecen desencajados, Chicho me espeta a escuchar a su banda. “Mañana”. Demasiado alcohol para conducir. Iniciamos la vuelta a un destino que no recuerdo. Soria se hace demasiado cuesta arriba y demasiado parecida. Dos horas después todo acaba con un cabezazo a la almohada.
Día 2 - Funky Nights
Desayuno, resaca, paseo y enorme mural junto al parque de la alameda. “Hoy es siempre todavía”. El gran Machado. A las cuatro recojo a Julio, ella duerme. Mi cabeza estalla. Hacemos la compra y bien cargados bajamos al río. El sol descubre un paisaje diferente al que mostraba la luna. Algunos pescan junto al Duero, otros beben. Las aguas parecen más claras que anoche. Menos ruidosas, más apacibles. Un viejo cruce ferroviario de acero oxidado se ve a lo lejos, recuerda a aquellos enormes puentes que atraviesan el Mississippi. Las banderas del festival ondean con los últimos rayos del atardecer. Junto al río Tonky Peña, maestro del blues del Manzanares, explica en un taller las distintas formas de hacer blues. En el escenario el Trio Gipsy Swing, dos guitarras y contrabajo, para una música que ya no suena. Julio se contonea extasiado. Esperamos a Chicho y a sus Cherry Boppers. Salen tarde y arrancan con un punteo de guitarra fuera de contexto. La gente mira sorprendida, pero sin mediar saludo el asunto da un giro al funk, al groove. Todos bailan, el público se va acercando. La guitarra es un portento. Presentan canciones de su segundo álbum que saldrá a la venta en otoño. Suenan bien, con una buena puesta en escena y un directo contundente. Se van arrancando, enlazando canciones en su mayoría instrumentales pero brillantes. Tienen carisma, suenan bien, clásicos y la vez actuales. El piano estalla, el bajista se arrastra por los suelos y Chicho apunta con la guitarra. Acaban, y la gente pide más. El Goa se abre paso entre la barra. El público es diferente al de ayer. Más de viernes. Cherry Boppers terminan sus bises entre una gran ovación. Contengo las ganas de gritar, “80/20 Chicho, 80/20”.
A continuación actúan The Funk On Me, la banda de Ferni Córdoba, un personaje a lo Bon Scott que vacila a la gente hablando en inglés. Su sonido es más moderno, un funk revisado y adaptado a una big band del nuevo siglo y un directo sorprendente desde la voz a lo Freddy Mercury del cantante al look de una banda multicultural. La gente no para de bailar. Bajista con aspecto ex KGB, guitarrista con pinta de gay presidiario filipino, un negro enorme a la batería, y un torrente imparable de sonido. Más djs, menos whiskys y un cuerpo reventado son el saldo de la noche. Ahondamos en la fiesta soriana sin éxito, sin ganas de bares con shakiras y chenoas. Cama.
Día 3 - Laguna y Blues
A las doce de la mañana vuelvo a pensar que no hubiera costado nada reservar el hostal tres noches en lugar de ir desvelando el misterio mañana a mañana. Julio se va a una boda, se queda con ganas de blues. Nosotros vamos a la Laguna Negra. En el camino suena Iggy Pop mientras ascendemos por la montaña. Dejamos el coche y seguimos andando. Dos kilómetros más arriba la laguna se descubre entre montañas de un glaciar cuaternario. Tiene un toque negro, oscuro a pesar del sol. No hay demasiada gente. Una madre riñe a su hijo y un perro descubre la presencia de una perra en celo. Su dueño lo agarra, el can se excita. Ladra y el amo lo ata en corto, vuelve a ladrar y le golpea el hocico, lo mantiene encima suyo. El perro ya no ladra, aúlla. Canta un lamento ahogado, por amor, por la libertad, por instinto. Supongo que eso también es blues.
Cambiamos el whisky por cervezas y a la misma hora estamos en el mismo sitio. “Hoy es siempre todavía”. Mr Dixie Jazz Band retoman los sonidos de Nueva Orleáns, la misma música que suena los domingos por la mañana a las puertas de su catedral. Un auténtico lujo como señala el programa. Música de una película de Woody Allen, canciones para una persecución por el Chicago de los años 30. Mucha clase.
Después vuelve el blues, ausente del festival desde que acabasen los Reyes del KO. Bonie Fields, un enorme negro vestido con traje y sombrero violeta, con enormes rastas que le tapan el culo, con trompeta. Un hipnotizador de las voluntades a través del blues. Lo primero, como hace cualquier maestro, es invitar a la gente que se acerque a las primeras filas. Luego arranca la exhibición, ninguna canción dura menos de diez minutos, todas se alargan en solos y extravíos. Se versionea algún clásico como “I got my mojo working" o "Hoochie Coochie man”, en honor a Muddy Waters. El público baila, canta y da palmas siguiendo las instrucciones que marca Bonie. Detrás está la Tonky Blues Band, la gran banda española de blues que ya coincidió con el maestro en una gira a finales de los noventa. Bonie, al igual que Muddy Waters o BB King tienen fijación por la carga sexual del blues, da igual la edad que tengan, sus canciones y su forma de interpretarlas están cargadas de sexualidad, de erotismo, supongo que igual que los aullidos del perro enamorado de la Laguna. Un diez a Bonie.
Y las actuaciones se van acabando, pero queda una, la más esperada. Los organizadores pasean sus sonrisas de orgullo, los músicos agradecen el apoyo en cada actuación Primera edición. Objetivos cumplidos. Turno de Joe Bowie's Defunkt Millenium, jazz funk neoyorquino de finales de los setenta, con algo de rap, con mucho ritmo y bastante locura. Todo el mundo aplaude y me queda media noche en Soria, abrir otra vez los ojos a las doce, tomar otro café y sentarme en el coche hasta llegar a Madrid. Y despedirme del Duero, del blues, del perro y de la laguna.
|