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Probablemente se trate de unos de los seres más atormentados de la historia musical. Al menos es del club. No sé si se habrá puesto una pistola en la sien, se habrá hecho cosquillas con el filo de un cuchillo o se habrá quedado a un disparo de la sobredosis pero anda ahí. Los que le han conocido de cerca comparan su talento con el de aquel pobre inglés al que dispararon en la puerta del edificio Dakota una mañana de diciembre.
Hablo de Anton Newcombe, de un artista maldito por voluntad propia. Hablo de "DIG!" (Ondi Timoner, 2005), uno de los mejores documentales de música jamás grabado. Así se lo reconoció el festival de Sundance con el premio especial del jurado. En "DiG!" se muestra la trayectoria a lo largo de siete años de dos jóvenes bandas de Oregon, tan amigas como rivales. The Dandy Warhols y Brian Jonestown Massacre. Los primeros son una banda de pop sin pretensiones, la que todos conocen, y la otra es una formación ligada al desastre de un talento especial.
En "DIG!" se ve esa vieja quimera del éxito. No todo quien lo merece lo obtiene y resalta esa olvidada faceta de artista maldito, Anton Newcombe. Siete años resumidos en noventa minutos de peleas, oportunidades, más peleas, fracasos, detenciones, ordenes de alejamiento, drogas y rock. Puto rock. Perdón por la expresión, pero sin duda se la merece. Newcombe, que estuvo sin pena ni gloria en la última edición del FIB, hace todo lo posible por fracasar. Arruina las cosas a propósito por esa duda existencial de todo artista. Me vendo y triunfo o me mantengo fiel a mi estilo y vivo a mi manera. Newcombe no hace ni una ni otra. Él opta directamente por destruirse.
En ese angustiante camino su música brilla por encima de todo. "Las bandas generalmente triunfan y luego la joden, ellos empezaron al revés", señala a lo largo del documental alguien de una compañía discográfica. La banda se disolvió varias veces y todos los que rodearon a Newcombe alcanzaron el éxito, rodaron por otras bandas y conocieron una existencia más tranquila. Él mantuvo su banda. Comenzó a producirse sus propios discos. Dos, tres, cuatro al año. La mayoría joyas, otros insoportables. Y giró. Giraba por todo EEUU vendiendo sus discos en sus conciertos. Se hubiese salido del mainstream si alguna vez hubiese entrado. El eligió otro camino: su camino. No es millonario, sería más fácil clasificarle de artista-drogadicto-atormentado, pero no es un tipo de etiquetas. Y lo bueno de este trabajo es que como en la II Guerra Mundial, todo está grabado. Todo lo que se cuenta se ilustra con imágenes, de ese modo tan realista que parece ficción.
"DIG!" es una inmersión en la vida de un artista diferente, es el camino hacía el éxito de una banda que quiere triunfar y es la moneda de las dos caras de la vida, pero ante todo es rock en estado puro, música vivida, en algunos casos con exceso de pasión. Toda una joya.
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