Segundo día de un Summercase que se va con el mismo sabor a éxito que el año anterior. Los 109.000 asistentes entre Madrid y Barcelona dejan al Summercase como el festival con más seguimiento de España y le sitúa entre las grandes citas europeas.
Buena culpa del lleno la tuvo la primera actuación en Madrid de los canadienses Arcade Fire. Con una puesta en escena cuidada y bien elegida, un escenario precioso, y
la Terminal 0 llena como no se había visto hasta la fecha.
Win Butler y nueve amigos más se entregaron al público en una de las mejores actuaciones de este Summercase. Buen repaso a “Funeral”, su álbum de 2004, una joya bien valorada por la crítica internacional. Un par de versiones antecedieron a Wake Up, su tema de cierre y una canción que bien puede marcar una época como himno generacional. Sin duda el clímax del Summercase y un momento de comunión colectiva y muestra del poder y fuerza de la música.
Con el sol en alto
Mucho antes de Arcade Fire, hubo un buen desfile de actuaciones, variadas y de muy distinto nivel. Empecé la jornada dudando entre el sol bajo el que tocaban Hidden Cameras y la carpa pequeña en la que actuaba 1990s. Me decanté por el sol, me armé con una cerveza y estuve disfrutando con los también canadienses Hidden Cameras.
Buen concierto, incluso con demasiadas ganas y entusiasmo para ser la siete de la tarde. Con violín (el tipo más divertido que he visto en esta edición), violonchelo, dos techados, guitarra, bajo, batería y un quedado enmascarado bailando como un zombie, es difícil no ser entretenido. Un pop algo dulce, enlatado entre una mini sección de cuerdas y un par de buenos discos, Missisauga Goddam es divertido y bailón. Un buen rato con el cierre Doot Doot Plot y a por otro.
El desértico descampado de Boadilla se empezó a llenar para la actuación de Editors, una banda con clase y potencia de sonido muy bien valorada al otro lado del Canal de
la Mancha. Los de Birmingham con dos discos en el mercado ofrecieron una selección de ambos y ya habían pasado las horas de más calor.
La niña macarra
Lily Allen me enamoró. No es mi tipo, pero tiene ese punto gamberro inglés que en una niña de veintidós años queda bastante bien. Miembro destacado de la generación myspace, Lily salió borracha, pero con buena voz, dijo las tres cosas que todo guiri sabe decir en español y decidió pasárselo bien. Pidió un corte de mangas a G.W Bush, sin ser tan pedante como luego fueron los Flaming Lips en la misma jugada. Invitó a unos chupitos a la gente de la primera fila. “A un festival hay que venir contento y a mis conciertos borracho” sostuvo la chica.
Entre eso fue colando temas de su primer trabajo “Alright, Still”, una joya que debería sonar más en los bares de Madrid. En su punto a lo Oasis, lo digo por lo de macarra, no por la música, Allen dedicó una canción a su ex novio, al que reconoció haberle puesto los cuernos, y el tema, Everything´s just wonderfull a una odiosa compañera de colegio, “Me hacía la vida imposible y me sentía mal, ahora ella es camarera y yo estrella del pop, imagino que son cosas que tiene la vida”. Un gran concierto, divertido y con interacción. Lily me gusto por sus tablas, por su carisma y por una preciosa voz encerrada en un vestido negro con piercing en la lengua.
Pobre Harvey
De Lily Allen salí corriendo para ver a PJ Harvey, una de las grandes estrellas de este festival, que por motivos desconocidos tocó en la misma carpa que Jarvis Cocker. PJ Harvey salió preciosa, con un vestido blanco de volantes y con ese aire tímido que esconde a un punky con piano.
La carpa se llenó y volvió el calor de los últimos rayos. El sonido horrible, que dejaba por encima la música del escenario grande, arruinó la esperada actuación de la inglesa. Después de quejarse un par de veces y pedir que le subieran su voz, alternó entre la guitarra y el piano en un concierto que con paciencia se pudo disfrutar y dejo claro que
la Harvey es una de las mayores artistas del Reino Unido
Todavía tuve tiempo de ver a Phoenix, un grupo fino y con clase que se entregó en un concierto especialmente bueno para los fans. Mucha entrega, buenos temas, menos calor y un aire a Belle and Sebastián con menos instrumentos. También calló el Too Young, canción del “Lost in Translation” de Sofia Coppolla.
La traca final
Flaming Lips la lió gorda. Los de Oklahoma, que en 2002 fueron votados como una de las cincuenta bandas que hay que ver antes de morir, pusieron en escena un show, surrealista y muy colorido. Wayne Coyne llegó al micro en una burbuja de aire empujada por el público, el escenario estaba abarrotado de Papa Noeles y marcianos y musicalmente nadie se puede quejar. Buena puesta en escena de una música fina, colorista y positiva. Me gustó especialmente Do You Realice, gran interpretación con mucho baile, confeti y luces.
Bloc Party ofreció un concierto para bailar, bastante bueno y con mucho público, que en el día de ayer se hartó de correr de escenario a escenario. LCD Soundsytem puso el punto electrónico, muy sensorial y bien mezclado. El cierre se lo dejaron a los quedados de Scissor Sister, mucho color y ritmo, aunque quedaban pocas ganas y fuerzas de seguir bailando. Ya era la última actuación y se pudo ver el escenario principal en todo su esplendor de público. Y el Summercase se me acabó. Me quedé con ganas de ver a Mika (le operan y canceló), a Astrud, a los de Barcelona ya tendré otra ocasión y a OMD me tocó elegir y no fue a ellos.
Se acabó y está vez sin dudas. Volverá el año que viene. Gran consolidación, pocos fallos, siempre hay algo, sigue estando mal comunicado, pero una experiencia que Madrid necesitaba.
Finalmente mi enhorabuena a toda la gente que anda detrás de proyectos como este. El cartel increíble, la organización impecable, puntualidad, precios razonables, pocas colas, buen ambiente. El Summercase se ha hecho grande.