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Tras unas semanas de ajetreo musical llega la hora de reflexionar
Madrid descansa. Después de unas semanas de conciertos, alegrías y decepciones, se van con la música a otra parte. Rock in Rio, Summercase, Bruce Springsteen y Saturday Night Fib. Había que verlos, sólo faltaba el barro o las mazas esas que usaban los gladiadores americanos, pero sí, hubo competencia.
El Summercase quitó a Benicàssim parte del público que decidió quedarse en su ciudad, el Saturday Night fue un experimento para recortar asistencia en Madrid, el Rock in Rio se la pegó solito (ganarán dinero, pero no ha sido con la venta de entradas) y Springsteen llenó el Bernabéu. Aunque el de Jersey tiene más clase que años, que un concierto suene bien ese estadio es complicado y eso se notó, no llegaba el sonido a todos por igual. También hay que añadir que la ley que prohíbe el consumo de alcohol en recintos deportivos ensombrece un poco estos eventos. El rock es sucio, lleno de humo y huele a cerveza.
Pero hay más quejas, vamos por partes. Sigue siendo triste que el espacio del Summercase Madrid sea un descampado lleno de piedras, sin una mísera sombra y a 20 kilómetros de la ciudad. No se trata de establecer comparaciones con el de Barcelona ya que no se puede comparar guijarros y polvo con césped y mar. Por lo demás bien la tercera edición de este festival estuvo bien. Buen sonido y buena organización pero con los mismos errores con los que nació y la sensación de que van a hacer muy poco por cambiarlo. Por su parte, el cartel se presentó con curiosidades y sorpresas siguiendo con la tendencia de traer a la capital a grupos míticos que nunca pisan Madrid. El cambio de fechas les quitó poco público y su concienciación medioambiental reciclando los vasos es digna de aplauso.
Así que apetecía césped, agua y parque. Y el FIB llegó a Madrid. Llevaban muchos años estudiando una expansión hacía el centro o el norte, y la provocación del Summercase precipitó la cosas. A Madrid mandaron a los Babyshambles de Pete Doherty, que tocó en un auditorio vacío comiéndose el sol de las siete de la tarde. Poco que ver con su éxito de Castellón. Había más gente en la celda en la que encerraron hace unos meses al cantante que en este concierto. A medida que se fue acercando la noche la cosa mejoró, pero poco: colas de acceso y entradas a 2x1 para salvar la papeleta y mala organización. Morrisey pisó Madrid por primera vez en un buen concierto a gradas vacías y pista caliente. My Bloody Valantien y Mika pusieron lo mejor que llevan dentro para salvar una velada condenada. Mientras, en el Summercase mandaban The Verve, Blondie y Primal Scream.
Y se acabó. No hay más quejas. Enhorabuena y gracias. Unas buenas semanas llenas de música y arañazos. Se acabó el quedarse sin entradas, ahora te las mandan a casa. Pero hay que subrayar que las guerras empiezan así y acaban con heridos y muertos. ¿Hay espacio para tantos festivales en Madrid?
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