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Escrito por Miriam Hernanz
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martes, 11 de septiembre de 2007 |
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Ya ha pasado más de una semana desde que se apagara la voz de un grande del columnismo español. Alguien tan corrosivo y con tantas dobleces que ni un millar de artículos serían suficientes para retratar ese estilo tan particular. Se ha ido un genio del articulismo, se ha ido Umbral.
Heredero de la tradición de González Ruano, a Umbral le gustaba decir que la ternura sólo ha de ser reservada para los gatos callejeros. De ahí ese tono fanfarrón y sarcástico que le gustaba gastar en sus escritos. Fue un tío que intentó ser fiel a su forma de ver las cosas al tiempo que su posicionamiento político iba variando con el paso de los años. No tuvo miedo a hablar de la muerte, ni siquiera cuando le rondaba. Ha muerto quien más ha escrito de la muerte, cuando desgranaba en sus columnas, ya al filo de su propia defunción, los avatares de los que estrenaban tumba en el campo santo. De hecho, escribió muriéndose, e intentó morir escribiendo, pero no lo logró. Sus últimas palabras quisieron dibujar un testamento literario, pero sus labios no reunieron suficientes fuerzas como para dictar sus pensamientos a su fiel esposa. La misma que mecanografió en estos últimos años cada uno de los artículos que Umbral publicaba diariamente en el diario “El Mundo”.
Hiriente, de verbo atropellado y pulso firme en sus aseveraciones, Umbral no presumió de amigos; quizás le gustaba tenerlos sólo en la intimidad, donde podía hacer gala de su mal genio sin miedo a quedarse solo. Sin embargo, hasta sus enemigos ideológicos se citaron en su entierro, donde tantos lamentaron la pérdida del autor. Umbral se jactaba de su indolencia. Escupía a los finolis, pero no abandonaba los modales de un madrileño de adopción. Presumía de su capa negra y su caminar valiente. Aunque tampoco se achantaba por ser el macarra en el tugurio. Incluso el enorme sillón de mimbre blanco en el que se dejaba fotografiar en su casa no desentonaba con su mirada distante y sus gestos parcos. Su voz, tan rugosa y desafiante, le hacía parecer un hombre de mal genio y genuina personalidad. Distante con el mundo, odiaba la ignorancia. Y así lo denunciaba en muchos de sus artículos.
Perdió a un hijo con sólo seis años y puede que, precisamente este trágico acontecimiento, le convirtiera en el Umbral que nosotros conocimos. Lo único cierto es que el genio de las negritas ha dejado huérfanos a los herederos del articulismo español. Hasta siempre, las contras de “El Mundo” no volverán a ser lo mismo, podrán descargar parte de la mala leche de este personaje que acercó la narrativa al periodismo como pocos, pero ya no podrán ser igual… han pasado pocos días pero ya se siente la nostalgia.
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