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Se nos ha ido Rafael Azcona. Me encantaría poder escribir uno de esos artículos que rememoran su ingenio en la conversación, su dominio del arte de la sobremesa y su agudeza en la diseminación del día a día de la vida. Pero me es imposible, ya que jamás he crucé una palabra alguna con él. Sin embargo, esto no me impedirá contaros lo que significa Azcona para mí y qué clase de persona creo que fue, pues, si la Biblia no miente -y mi abuela dice que no lo hace, y yo siempre hago caso a lo que dice mi abuela- hemos de recordar aquello de que por sus obras les conoceréis (aunque paradójicamente, esto haya acabado siendo mucho más aplicable a los artistas que a los cristianos).
Rafael Azcona representa la visión más lúcida e inteligente que puede tenerse ante la vida, consistente en una visión negativa o pesimista del ser humano, cuyo tono queda dulcificado a través del absurdo del cual se presenta, alejándose de la descarnada condena a sus personajes, evitando caer en el derrotismo, permitiéndonos en última instancia hacer las paces con la vida.
En El Verdugo, sentimos la misma inevitabilidad ante el desastre que en El Proceso de Kafka, pero sin la insoportable carga trágica de éste. En La Escopeta Nacional, Azcona disemina a la burguesía española con el mismo nivel de brillantez con el que Woody Allen arremetería con la estadounidense, pero sirviéndose de un humor mucho más amargo, alejado de la carcajada y del gag. En El Cochecito, pese a lo ridículo del deseo de Pepe Isbert, la ternura y la compasión se apoderan de nuestra visión de ese pobre hombre que únicamente desea es no estar solo.
Gracias a la certera mezcla de estos elementos que ha caracterizado su carrera, se ha ganado, sin discusión, un puesto entre los mejores guionistas españoles de la historia. Y no sólo eso; para mí, si alguna vez ha existido algo digno de ser llamado cine español, en el que me reconociera y nos reconociera a todos nosotros, nuestras manías, nuestros vicios, nuestra idiosincrasia y nuestro modo de vivir, éste ha salido sin duda de las manos de Azcona. La diferencia entre la forma de describir personajes, ambientes o extractos sociales, ya sean humildes o burgueses de Rafael y del actualmente llamado cine español, entristece casi más de lo que asusta.
Su capacidad para poner a caer de un burro a las capas sociales supuestamente elevadas (desde intelectuales a curas), incluyendo detalles obscenos y grotescos, pero logrando evitar el caer en lo burdo y lo zafio, donde se sumergen de lleno la mayoría de nuestros largometrajes de hoy. Su sinceridad para afrontar las miserias morales de las más bajas, huyendo de la mitificación e idealización de la pobreza y hasta de la estupidez que ahora se ensalza porque sí. Revisitar sus películas continúa siendo todo un ejercicio de salud e higiene mental; descubrirlas por primera vez una experiencia que por desgracia solo podemos disfrutar una vez en la vida.
La humanidad que envolvía a sus personajes, que les empujaba a actuar unas veces de manera cobarde, otras ingenuamente, y las más de forma ridícula, no consiste en un pietismo santurrón, sino en la comprensión de nuestras debilidades, de nuestras contradicciones, de nuestro egoísmo, de los defectos que todos compartimos, que nos igualan, y que por ello son el mejor medio para comprender a los que nos rodean.
Nos hemos quedado sin una de las miradas más sensatas, inspiradas y atractivas de nuestro cine. De las pocas que justificaban ir a la sala simplemente con ver su nombre en la ficha técnica. Se ha ido dejándonos una suculenta receta para la vida: ser lo suficientemente conscientes de las miserias de la vida como para no dejarse abrumar por ellas, disfrutar de lo irónico de ésta como antídoto a las desilusiones, y descubrir el humor soterrado que se esconde tras ella, como carga de profundidad contra la tristeza.
En esta receta se halla en todas sus películas. ¡Que aproveche! ¡Se recomienda repetir!
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