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El efecto Obama
La maquinaria de hacer cine de EEUU tiene la costumbre, sana o no, de sacar películas aprovechando los temas de moda. Siendo así, era inevitable que apareciera por nuestras pantallas alguna cinta sobre las recientemente concluidas elecciones norteamericanas, esa orgía de marketing, discursos, análisis, encuestas, contribuciones y debates que ha ganado ese señor negro tan simpático de Chicago.
Hollywood no deja pasar estas oportunidades y en este caso la papeleta –nótese el ingenioso juego de palabras electoral- ha recaído sobre "El Último voto", en la que Kevin Costner interpreta el clásico papel de padre-desastre cuya hija, oportunamente ingeniosa, lista y responsable, trata de llevar por el buen camino.
El pobre, tras un rocambolesco pero cinematográficamente entendible enredo electoral, será el que con su voto decida el futuro inquilino de la Casa Blanca. Desde ese momento los equipos de campaña de demócratas y republicanos se lanzan a una disparatada carrera para lograr esa última papeleta, en lo que constituye, de largo, lo mejor de la película.
Ambos partidos intercambiando papeles (los republicanos de ecologistas, los demócratas como fervientes defensores pro-vida, etc.) al son de las apetencias del mini-electorado, el presidente de EEUU dentro del Air Force One dando vida al tópico de que gana las elecciones aquel candidato con el que los electores se tomarían una cerveza, o la invención de términos ridículos como (inlocalización) son momentos brillantes que desnudan varias de las vergüenzas de la política actual –no solo de la americana- y de sus campañas.
También resulta sugerente cómo dan la vuelta al "Tú voto cuenta" pasando de ser un lema esperanzador a una constituir una expectativa espeluznante al recaer éste "voto ganador" sobre un tipo sin la menor idea, consciencia o interés por la política. De un plumazo carga contra la democracia poniendo en tela de juicio la igual validez de todos los votos y arremete contra un electorado sedentario y conformista que cuanto más marginado se encuentra más dócil resulta.
Hasta aquí tenemos una película interesante, amena, con momentos realmente divertidos y con un cierto poso más allá de las livianas apariencias. Sin embargo -supongo que taquilla obliga- hemos de presenciar la relación padre tonto-hija listilla. Este binomio, dentro de la larga cantidad de parejas recurrentes del cine americano (poli bueno-poli malo; chica 10-amiga fea; pobre chico bueno que no liga-amigo "don juanero" que arrasa, etc), siempre me ha resultado especialmente falso, insoportable, pedante y aburrido, lastrando la película y arrastrándola hacia lugares muy sobados, alargando su duración hasta unos excesivos 120 minutos, enturbiando en parte los logros conseguidos en la parte política de la película.
Una película muy americana en el mejor y el peor sentido y no precisamente por la temática tratada. En el mejor, porque continúa esa gran tradición americana de reírse certeramente y con mala leche de uno mismo y, en el peor, porque se deja arrastrar por uno de tantos clichés que tiene su cine y de los que a veces no logra, o no quiere, escapar.
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