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Cuestionando la tradición familiar por excelencia
La Navidad es un cuento, nos advierte el director francés Arnauld Desplechin en "Un cuento de Navidad", primera película suya que se estrena en nuestro país y que nos presenta el reverso oscuro de la tan idílica como falsa estampa familiar tan característica de dichas fechas. El mérito de Desplechin no consiste en intentar subvertir el tópico navideño, sino en su clarividencia y capacidad a la hora de llevar a cabo esta inversión.
El cineasta galo nos introduce en el seno de un hogar disfuncional, de las que no se sientan al calor del hogar a escuchar por enésima vez las bonitas historias familiares. Nos encontramos en medio de un fuego cruzado entre sus miembros, cuyas municiones están cargadas de odio, egoísmo, ternura y generosidad pero cuyas difusas fronteras resultan imposibles de identificar.
A ello parece contribuir el estilo de dirección de actores de Deschaplin, consistente en darles libertad absoluta a la hora de interpretar el guión, pudiendo realizar éstos una lectura trágica o cómica de la misma situación. Esta anarquía, seguramente más controlada de lo que el propio director reconocería, logra escenas tremendamente sugerentes y de interpretación abierta sin afectar lo más mínimo a una verosimilitud que, si acaso, lo único que hace es aumentar.
Cabe destacar una escena en la que el siempre brillante Mathie Amalric cae al suelo borracho durante una comida familiar. El breve e incómodo silencio es roto por una estampida de carcajadas por parte del resto de comensales. ¿Son honestas sus carcajadas y realmente están disfrutando de lo que con el tiempo de se transformará en una divertida anécdota para recordar o se trata de un método de defensa y autonegación ante la sórdida e insostenible realidad familiar que viven, en la que uno de sus miembros se alcoholiza hasta derrumbarse para poder olvidar que está allí?
Esta dualidad y/o indefinición dominará casi toda la película, moldeando unos personajes cuyos afectos mutuos -tal y como sucede en la vida real- no están compuestos por sentimientos puramente positivos o negativos sino por una frágil, cambiante, e incierta mezcla de ambos. Desplachin logra alcanzar estos extremos con una gran economía expresiva, sin caer en exhibicionismos vacuos o en la prolijidad sensiblera. Incluso cuando lo que desea transmitir es un instante -en esta ocasión sí- de simple y llana ternura, como el episodio en que la madre informa a su marido de que padece cáncer. No hay necesidad de "abrazos eternos", nadie se "abrasa en lágrimas". Una mirada o una media sonrisa son suficientes para que ella sepa que él siempre estará allí.
Desplachin podría haberse conformado con darle la vuelta a la estampita navideña, una burla, una broma, una mueca irónica. Haber dibujado una familia plana en su aversión a sí misma, regodeándose en su hastío común. Afortunadamente ha decidido ir más allá y mojarse de verdad dejándonos, curiosamente, a medio camino entre el ideal y la pesadilla, perdiéndose voluntariamente en lugares donde resulta imposible etiquetar a los sentimientos con un nombre, donde todos somos buenos y malos, no solo dependiendo de con qué persona y en qué momento, sino que somos ambas cosas a la vez. Algo mucho más parecido a la vida. Algo incómodamente parecido.
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