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Decir que Woody Allen es un genio es no decir nada nuevo. Todo el mundo sabe que es un gran director, guionista excepcional, clarinetista decente y brutal en la cama, según las palabras de sus actrices. Y como dice el dicho popular: para gustos los colores. Allen es un escritor peculiar, con lenguaje propio e ironía sólo a la altura de sus películas. Coincidiendo con el estreno de su última filme, El sueño de Casandra, también se publica Pura Anarquía (Tusquets, 2007), una buena recopilación de los textos publicados en "The New Yorker" durante los últimos años.
En Pura Anarquía podemos encontrar relatos cortos, irónicos, anárquicos y absurdos sobre la máxima. Con la constante sensación de que se está inventando palabras, el bueno de Woody recurre a la prensa para nutrirse de historias sorprendentes a las que su inquieta cabeza da una vuelta de tuerca más y las lleva a la vida de personajes llamados Winston Snell, Max Endorphine o Moe Varniske. Los relatos entran solos, funcionan bien, viajan lejos. Como se dice en castellano, se le va la olla, y mucho. Patina y chochea robando carcajadas difíciles de esconder. Sin grandes pretensiones: funciona. Carne de dominical neoyorquino viendo nevar sobre Central Park.
En la distancia que nos impone el Atlántico, y la diferencia de pequeñas píldoras contra un libro de 187 páginas, se pierde algo. Se lee corriendo y se pasa bien. Pero se queda a diez carcajadas de Cómo acabar con la cultura de una vez por todas y a cuatro y media de Perfiles. Éste, como su título señala, es más anárquico. También se puede decir que son textos seleccionados sin otro criterio que rellenar las páginas suficientes para formar un conjunto que entre dos cubiertas -por cierto, feas y poco curradas- formen lo que se llama libro, u objeto de venta en lugar de libre distribución con la prensa.
Pero no se trata de pensar mal. El genio Allen llevaba 25 años sin escribir, según dice la contraportada del libro. Pero lo cierto es que esta afirmación no es del todo cierta, llevaba ese tiempo sin hacer recopilaciones de los textos que escribe a diario. Unos para "The New Yorker"”, otros se convirtieron en películas y alguno que acabó o acabará en la basura. Es obvio que no todo de lo que salga de su cabeza sea oro.
Hay motivos para leer el libro, como hay motivos para ver su última película: El sueño de Casandra. Se puede seguir la regla de que lo malo de los buenos sigue siendo mejor que lo de la mayoría. No en balde, siempre hay cimas, hay mejores y hay errores.
Cima: Manhattan, Annie Hall, todos los clásicos premiados y sin premiar. Más recientes: Melinda y Melinda.
Mejores: Todo son gustos, mejor no irritar.
Errores: Leer Pura Anarquía sin haber leído cualquiera de los anteriores.
Gran error: No leer ninguno.
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