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Para Kyoto con amor, por si existe
Existen lugares que no puedes imaginar. Ciudades que escapan a tus sueños. Rincones, que simplemente, no puedes entender. Y sin embargo los imagino, pero no los entiendo.
Uno es de estos sitios es Kyoto, la capital imperial de lo que un día fueron los sueños de grandeza nipones. Kyoto no puede existir. Ni existe más allá de nosotros. De los lazos que nos unen. De los versos que nos prestemos en los caminos. De las imágenes que guarde tu retina hasta nuestro próximo encuentro. Y mientras. Yo sueño Kyoto, lo sueño alejándolo de la realidad.
Veo Kyoto en ti. En tus paseos y las huellas que tus pies dejan en sus milenarias baldosas. Sueño Kyoto como las conversaciones que tuvimos y nunca supimos entender. Pero Kyoto no huele, no le pongo hedor, ni esencia. Podré leer mil libros de Kyoto y no podré capturar un segundo de su olor. Pero esos libros guardan polvo, el mismo polvo que se posa en los miles de libros que en Kyoto versan de Madrid. Luego Kyoto huele al mismo polvo que guardan los mismos libros de Madrid. Ya le pongo olor a mi memoria. Recuerdos que aún no tengo, pero que viviré a través de los tuyos y que con los años pasaran a ser parte de un recuerdo, mis memorias de Kyoto. Mis visiones, olores y recuerdos de un Kyoto que no existe.
Porque Kyoto es una palabras que suena lejana, tanto como Japón, casi a la altura de Alaska. En realidad Japón es otro cosmos, un universo perpendicular que péndula alrededor de lo que yo llamo mundo. En Kyoto no hay palabras, los libros se leen desde el final, la gente es baja, educada, silenciosa, nadie grita ¡cabrón! Y el mundo gira al margen de lo que sucede en mi calle.
Japón no existe, ni Kyoto. Ni tú, quizá siquiera yo. Puede que esto tampoco. Pero si estoy equivocado házmelo saber con urgencia. De todos modos, un abrazo para Kyoto, por sí existe.
Primeras impresiones de Kyoto
Me dijeron que iba a estudiar en Kyoto, lo cual es cierto. Me dijeron que viviría en Kyoto, lo cual es relativamente cierto. Vivo a cuarenta minutos del centro, pero en tren. Lo cual no está del todo mal teniendo en cuenta el tamaño de esta inmensa ciudad. Aquello que no me dijeron es que el barrio de Seta está situado cerca de un lago. Tampoco me dijeron que es en el Lago Biwa, el más grande de Japón, donde se mezclan el cultivo de arroz en pequeñas parcelas todavía no aguadas, diversos centros comerciales, casas residenciales y apartamentos de clase media. Y al fondo del variado paisaje, las montañas circunvalan Kyoto, la antigua capital de Japón, como si de la M30 se tratase.
Nada de lo que veo me disgusta pero par ser sincera, tampoco me sobrecoge. Desde mi balcón diviso un campo de arroz, un bloque de apartamentos de poca altura que podrían ubicarse en cualquier otro país del mundo y las montañas pobladas de inmensos bosques. Al parecer esta es la vista que me acompañará todos los días en los próximos doce meses. Tiempo para mirar, observar y aprender de otra cultura. Pasaré horas dedicadas a intensas clases de japonés. El tiempo que sobre para buscar a quien me encuentre. Y si aún quedan momentos, evitar que lo vivido no se escape. En la cima de una de las montañas que diviso, una antena y un pequeño templo se erigen. Me pregunto cómo será el templo y la vista desde allí. De momento me conformaré con divisar la estructura, como estoy haciendo con la ciudad. Reconocimiento exterior. Poco a poco iré sumergiéndome en la profundidad de las calles de esta gran y desconocida urbe. No tengo prisa. ¿Para qué tenerla? Hay un año por delante para averiguar qué tipo de alma posee Kyoto. Todas las ciudades presumen y carecen de una. El cómo descubrirla traza el camino hacia ella.
Mi primer contacto con Kyoto tiene lugar de madrugada. Entonces, la ciudad de Kyoto se aparece a medias, a oscuras y en silencio. Y tras la soledad de las primeras horas los templos avanzan. La hostilidad no existe. Solo una ciudad del pacífico por despertar. Pequeñas miniaturas, escondidas callejuelas, diminutas puertas, cuidados jardines...y madera. Madera vieja y oscura, tallada en múltiples formas, quizá estropeada, pero viva. Techos de baldosas azules y negras resbalan hacia aceras estrechas y de vez en cuando, tiendas abiertas en las que nadie entra. Son las cinco y media, y Kyoto descansa. Sigo caminando. Más a ciegas que nunca, pero nunca con ojos tan abiertos. Ando perdida en una ciudad que descubro por vez primera. Sin nadie a quien preguntar, avanzo junto al alba.
Y de pronto, allá a lo lejos se divisa lo exótico, desconocido e inalcanzable. El Japón imperial. Mientras las pisadas extranjeras recorren maravilladas piedras milenarias, Japón nace de nuevo. A izquierda y derecha templos y viejos edificios, cuyo significado aún desconozco, aparecen desnudos. Sus puertas duermen todavía y mis ojos intentan fotografiar lo que mi memoria pueda retener. Pequeñas impresiones en una madrugada insomne. Y siempre alrededor, grandiosos jardines en los que el minimalismo japonés impone su firma.
De golpe, el Japón actual: anime, manga, kanjis, hiragana y katakana que intentan describir lo que para mí es todavía incomprensible. Y edificios que miran al cielo, pero ya no religiosamente. Los templos se abren al Japón económico, capitalista y comercial. Cemento rodeado de neón colorista. Pero aun así, todo deslumbra. No hay repulsión, sólo un desarrollo que intenta aunar el ancestral pasado nipón.
Encuentro el camino de vuelta. El sol ha nacido y todo empieza de nuevo. A la vuelta a mi habitación me quedo con ganas de más amaneceres entre montañas. Y templos que adquieran el naranja de la madrugada. Quiero más, y por eso volveré mañana, a desperezarme con Kyoto, de madrugada.
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