| Escrito por Alfonso Cardenal,
on 17-08-2007 00:00
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Publicado el : , viajes |
El reino mágico de Christiania
En septiembre de 1992, la policía de Copenhague comenzó una campaña dirigida a eliminar el hachís de Christiania.
La Patrulla Especial de Christiania se formaba por 70 policías que vigilaban la zona durante mañana y noche en una violenta campaña que duró ocho meses. La venta de no parece reducirse sensiblemente pero más de una vez la policía creó situaciones altamente peligrosas con el uso de porras y gas lacrimógeno, con el resultado de grandes revueltas y barricadas en Prinsessegade. Las agresiones de la policía civil alcanzaron a muchos, en especial a gente inocente.
La policía cacheó a escolares y turistas -hasta el cura local fue cacheado varias veces-. Entonces Christiania puso toda su energía en una semana de acción: "Uge 12 mod vold" ("La semana 12 contra la violencia"). Entretenimiento, teatro callejero, pequeños grupos de gente vistiendo uniformes con la palabra IDIOTA en la espalda en vez de la palabra POLITI (Policía), documentales en vídeo, un grupo de trabajo por la justicia, cooperación con abogados y Amnistía Internacional, todo esto para detener la violencia policial.
En 1993 se realizó un extenso diálogo entre los habitantes de Christiania, abogados, Amnistía Internacional,
la Comisión de Justicia del Gobierno, los medios y hasta representantes de la policía, pero
la Patrulla Espacial de Christiania siguió manteniendo en un puño de hierro al Barrio Libertario. Al mismo tiempo,
la Oficina de Registro Público siente la necesidad de registrar la historia de Christiania y pidió material para realizar un archivo histórico especial de Christiania.
Al final del año, los ocho meses de acción policial culminaron en allanamientos y detenciones violentas en el idílico mercadillo de Navidad. Después de una reunión de urgencia entre la gente de Christiania y el Ministro de Justicia, Erling Olsen, la paz navideña estuvo asegurada y la patrulla de Christiania se disolvió. Hoy en día sólo quedan ocho policías para prevenir más que para actuar. Ninguno de los agentes estaba autorizado para hablar con la prensa o los turistas y nos remitieron a Per Larsen, Jefe de Comunicación de la policía de Copenhague, nos quedamos con las ganas de mostrar el punto de vista de una persona que es detestada en su trabajo, que trabaja en un sitio donde su autoridad no es reconocida más que por la porra y la pistola. Para Per es distinto, como especialista en la materia escapa con maestría de las preguntas comprometidas y responde como si de una maquina se tratase: “cumplimos con nuestro trabajo, en una democracia unos cuantos no pueden salirse de la ley porque se les antoje, en este país las drogas están prohibidas y Christiania es parte de la ciudad y del país, les guste o no”. En realidad a la entrada del barrio un cártel reza “Bienvenidos a Christiania” el mismo cártel que a la salida ensalza “Está usted entrando en
la Unión Europea ”.
Christiania se ha convertido en un recuerdo, hoy en día hay más de dos mil habitantes que no responden por necesidad al perfil del hippie de los años 60-70. Hay decenas de niños que te puedes cruzar montando en ponnie o navegando en un pequeño bote en el lago con cisnes. Hay industria y desarrollo, la fábrica artesanal de bicicletas presenta unos modelos caros que se han popularizado en la ciudad. Sigue sin haber coches ni alumbrado y la gente sigue fumando con un ojo puesto en la patrulla de policía, el hachís se vende a escondidas y la música suena en cada esquina.
En uno de los bares de la zona nos encontramos con Thoar Lene, un jubilado de 68 años. Está ocupado con su partida de cartas, tomando café y fumándose un canuto.”Las cosas no son como en el 73, ni aquí ni en ningún lado, aquí por lo menos vivo como quiero sin responder ante nadie”. Las mezclas generacionales son comunes en Christiania. Su adversario a las cartas es Paulo, un cubano de treinta y cinco años casado con una danesa: “Apenas me acuerdo de qué me trajo aquí, pero nunca me he ido, me casé y
la Asamblea cuida de nosotros, ahora tengo tres hijos y nos acaban de conceder una casa más grande cerca del lago, me gusta esto, me parece un sitio ideal para los críos, sin coches, ni peligros, es un sitio con encanto, la educación es gratuita y me parece que no estamos contaminado a los niños con el consumismo de estos tiempos”.
Se hace de noche en el barrio, una noche especialmente oscura, sólo alumbrada por las lejanas luces de la ciudad y algunas fogatas que encienden los más jóvenes en las calles principales. Me doy el último paseo por el lago, que está helado y la escuela de vela cerrada. El lugar es paradisíaco, ideal para crear una urbanización de lujo en unos terrenos que pertenecen al Estado. Los habitantes, ante la nueva amenaza de cierre, buscan su última esperanza en que
la ONU declare la zona patrimonio de la humanidad. La lucha por la libertad continua.
Voy hacía la salida pasando por la calle principal, empedrada como se hacía en la antigüedad. Es Navidad y hay mucho bullicio, la calle está especialmente iluminada y todo el mundo mira hacía el cielo. Levanto la cabeza y decenas de árboles de Navidad, decorados e iluminados cuelgan a diez metros de altura. Ahora me toca salir de aquí, volver a
la Unión Europea , a la actualidad, a la realidad. Señores y señoras, este es el reino mágico de Christiania.
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