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Tokio: una ciudad sin estrellas Imprimir E-Mail
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Escrito por Carmen Grau, on 20-12-2007 10:08

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Publicado el : , viajes

portada1.jpgMe encuentro en Roppongi Hills, un rascacielos situado en el barrio de Tokio que lleva su mismo nombre y que es famoso por tener en su interior restaurantes de cualquier nacionalidad imaginable. Subo a la última planta en un ascensor increíblemente rápido y desde la altura de 52 pisos Tokio representa todo aquello de lo que el hombre es capaz de hacer.

Son cerca de las cinco de la tarde y el sol se está poniendo sobre un amasijo de cemento que se extiende hacia el infinito. Algunos parques resaltan el poco paisaje natural que aún le quedan a la urbe. Tokyo Tower se alza elegantemente en pleno centro de la ciudad y aporta un toque de blanco y naranja al paisaje. Construida en 1958, esta torre es una copia todavía más alta de la Torre Eiffel y para los japoneses es uno de los símbolos de modernidad más representativos de su capital. A su alrededor, incontables rascacielos y una autopista elevada repleta de tránsito me confirman que ésta es una de las ciudades más capitalizadas del mundo. La bahía se antoja ridícula ante tanto desarrollo y sólo el Monte Fuji –que únicamente se puede contemplar desde este edificio cuando el cielo está despejado- en la lejanía nos recuerda que efectivamente seguimos en Japón. Por fortuna hoy el cielo es claro.  



Éste es el Tokio del siglo XXI, pero hace 350 años esta ciudad se llamaba Edo. Fue entonces cuando Tokio se convirtió en la residencia del gobierno de Tokugawa, una poderosa familia que en el siglo XVII consiguió unificar el país y traspasó la capital de Kyoto a Tokio. Avanzo un poco más en la historia y me imagino las ruinas que el terremoto de 1923 dejó tras de sí en esta ciudad que milagrosamente hoy, es la cuna de la economía. Cuesta creer que en esta isla se haya construido tan poderosa metrópolis sobre dos inminentes peligros: terremotos y el volcán que el Monte Fuji atesora en su interior. Éste es mi primer contacto con la ciudad: desde las alturas, pero quiero saber cómo se vive a pie de calle.

El centro neurálgico de la ciudad es puramente económico y cualquier empresa tiene su propio rascacielos en pleno centro. En sus calles hay centenares de japoneses vestidos de traje de chaqueta y corbata que caminan deprisa, maletín en mano, como si estuvieran programados para ello. Lo mejor para moverse por Tokio es coger el metro, aunque hay que pensárselo dos veces antes de meterse en uno de sus vagones ya que éstos circulan a gran velocidad y la mayoría de las veces la gente va muy apretada.

asakusatemple3.jpgDejando de lado la parte el centro neurálgico de los negocios, un lugar realmente interesante es el mercado de pescado: Tsukiji Market. Está cerca de la bahía y todavía conserva la forma de trabajar del pasado y desde las ocho de la mañana, la gente hace cola para comer el mejor sushi de la ciudad. Pero si de verdad se quiere escapar del aura de modernidad que Tokio desprende, el mejor sitio para hacerlo es el templo shintoísta de Asakusa. Alrededor del imponente templo se puede disfrutar, entre el gentío, de uno de los mercados más antiguos de Japón. En él se encuentran puestos donde se pueden probar alguna de las especialidades culinarias de Tokio mientras se bebe sake caliente. A unos pasos del templo, una gran columna de humo trae tras de sí un olor fuerte a incienso que la gente inhala. Se dice que éste purifica la mente y ahuyenta las enfermedades del cuerpo.

El Palacio Imperial y su inagotable jardín es uno de los pocos pulmones de la ciudad. Desde aquí, el emperador Akihito representa a todo el imperio. Este lugar -construido por la familia Tokugawa- fue precisamente uno de los palacios más grandes del mundo. Sin embargo, el fuego de la Segunda Guerra Mundial destruyó la mayoría de sus aposentos y hoy en día es un modesto palacio que hace gala de la simplicidad y belleza de la arquitectura nipona.

Un buen plan para pasar el domingo por la mañana es ir al zoo, aunque eso signifique encontrarse a casi todos los niños de la ciudad que acuden a contemplar la mayor atracción del lugar: el panda gigante. Una vez cumplido con mi papel de turista, salgo del zoo y la ciudad me regala la visión de un bonito lago rodeado de rascacielos. Hago caso omiso de estos últimos e intento concentrarme en la naturaleza. Sin embargo, no puedo escapar a la llamada de Akihabara, el barrio de tiendas de electrónica y manga más grande del mundo. En estas tiendas, es fácil encontrarse figuritas mangas de cualquier de personaje inimaginable: desde Star Wars hasta los caballeros del Zodíaco pasando por Doraimon o los Power Rangers. Pero el gusto por las figuras manga va mucho más allá de las propias series televisivas o cómics, tal y como pude descubrir, los jóvenes del lugar se suelen quedar contemplando los escaparates de figuritas manga de mujeres desnudas.

shibuya1.jpgLo mejor para salir por la noche en Tokio o simplemente pasar la tarde es dejarse guiar por las luces nocturnas de Shibuya, el barrio más joven de la ciudad donde se mezclan el consumismo más agresivo con los meetings políticos. Más allá de las luces de neón, hay un parque enorme que sorprende por sus vivos colores: rojo, amarillo y verde. Sin embargo, yo diría que más que un parque es un zoo humano. Chicas vestidas de góticas, disfrazadas de escolares, de personajes manga, bandas que tocan live music e intentan vender su música rock, punk, pop y folk, amigos de picnic, representación de tambores japoneses gigantes o taiko, aprendices de capoira, músicos con bongos y cajón flamenco... Después de contemplar divertida este espectáculo y pensar que ya nada más podía sorprenderme, me encuentro con una treintena de japoneses de todas las edades rindiendo homenaje a Elvis Presley. Sus ropas, sus peinados, sus movimientos, las chicas que les acompañaban e incluso sus coches transportan a los EEUU de los ‘50, época dorada de la música del "Rey".

Después de pasar la tarde en Shibuya, voy a Ebisu, el barrio donde se fabrica la cerveza japonesa Sapporo. Ceno en un restaurante situado en el piso 39 donde las luces vuelven a ser infinitas y el neón brilla más que nunca. Y sobre una ciudad iluminada en blanco, amarillo y naranja, un amigo japonés me confiesa su preocupación por la evolución desbordada de Japón. No me extraña, pienso. En esta ciudad el sentimiento es duro y la vida demasiado moderna.

Después de cenar nos dirigimos al puente más famoso de Tokio: Rainbow Bridge. Éste es sin duda el mejor sitio donde acudir por la noche. El puente es en sí espectacular y la vista sobre la bahía y la ciudad simplemente atrapa. Además, el camino hacia el puente no tiene desperdicio: Lo hacemos sobrevolando la ciudad en un tren eléctrico que se desliza hacia la bahía desde diferentes alturas. El futuro parece más cercano que nunca. Es paradójico que en Tokio se tenga la sensación de no estar tocando nunca el suelo pero que, a su vez, no se puedan ver las estrellas.

Se dice que en Tokio todo es posible. Que cualquier cosa que uno imagine se puede encontrar aquí y que los días y las noches son como los que magistralmente nos acercó Sofia Coppola en "Lost in translation". Pero lo cierto es que descubriendo las entrañas de esta gran ciudad, una se siente como una hormiga en un río humano. Una hormiga que medio asfixiada busca aire en el paisaje pero que al mirar al cielo éste aparece plagado de edificios que apenas le dejan ver la luz natural. Camino al ritmo de las 13 millones de personas que habitan la metrópolis y que dicen con sus pasos que mi estancia en la ciudad ha sido efímera. Tokio no se ha dado cuenta de mi presencia. Sus habitantes sonríen, pero su sonrisa se congela en el tiempo. Y otra vez lo inalcanzable, lo material, las máquinas y el cemento se imponen ante mí. Un taxista amable y simpático me pregunta de dónde soy. Siente curiosidad por saber por qué he venido y si me gusta su ciudad. La verdad, no sé qué contestarle. Quizás ésta sea una ciudad necesaria para visitar, pero no para vivirla.

   
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